Volando bajo la Tormenta Delta

Esta semana, sobre Canarias ha sobrevolado la Tormenta Delta. Y no me refiero a un planeador en el que la gente se monta para hacer peripecias en el aire. En todo caso, ha sido al revés: el viento ha venido a por nosotros. Se trata de una tormenta tropical que, fundamentalmente este lunes, ha pasado por las Islas, ocasionando muchas pérdidas materiales y daños neurológicos reversibles.

Precisamente el sábado pasado ya venía en portada la noticia de la llegada de una tormenta en varios periódicos, los que estuve leyendo en el barco de regreso a Gran Canaria. No me había asustado para nada, y no porque los titulares sólo dijesen que llegaría el miércoles y únicamente afectaría a La Palma y El Hierro. Es que, simplemente, ni me di cuenta y pasé de página.

Me enteraría justo de vuelta a Tenerife dos días después, en el taxi que nos llevaba del puerto a la residencia. La radio puesta decía que estaban cerrando los colegios e institutos, porque llegaría una tormenta con fuertes rachas de viento. En verdad, a mí me parecía una chorrada en principio. La experiencia me decía que la gente exagera por cualquier cosa. Pero mientras no fuésemos a clase y soportar más de seis horas soporíferas, bien por el toque de queda.

Una vez en la residencia, subí a mi cuarto y me encontré con que no había luz, en tanto que en otros bloques de aquí sí quedaba. No pensé ni por un momento que fuera debido a ese fenómeno que decían que iba a arrasar con todo. Más bien porque el cielo estaba medio despejado y el sol me daba aún calorcito. Al menos quedaba agua y me pude bañar.

Pero almorzando en la cafetería, nos dicen que suspendieron las clases también en la universidad (nos llegó un comunicado avisando del cierre desde las 14h. hasta nuevo aviso). Se me rompió el alma al enterarme, porque yo tan emperifollado que me había puesto para lucir tipo en clase, y resultaba que tendría que quedarme encerrado en la residencia. Bueno, que si al menos la tormenta me llevaba volando por toda la Isla, que Tenerife me viese guapo.

Los primeros ataques de histeria por la Tormenta Delta llegaron de la mano de Luisa (cómo no) cuando decidimos irnos a Mercadona a comprar. No tenía nada para jalar en mi habitación, y además más valía estar abastecidos por lo que pudiese pasar. Toni decía que mejor era ir acompañados de un perro, por si salíamos volando tener la oportunidad de decirle Totó, hemos llegado a Oz.

Entonces el tiempo ya estaba ennegrecido y por la carretera prácticamente sólo circulaba la niebla espesa. Y aparte de la lluvia que nos empapó luego, cargados de bolsas, no había otro signo que presagiase lo que ocurriría esa noche.

Pasé el resto de la tarde en mi cuarto, aprovechando las horas libres limpiando mi cuarto y reordenándolo. Después, fui con Toni y otros chicos de la residencia a jugar al Risk que éste se trajo. Estando en la sala de juntas, tirando los dados, nos dimos cuenta de que el viento empezaba a empujar las paredes. ¡Y vaya si empujaba! Volví la cabeza a la pared que tenía detrás y comprobé medio estupefacto que se estaba rodando a la habitación de al lado.

Incluso Dani, el chico que tenía a mi lado, veía cosas volar afuera, desde una ventana que parecía echarse sobre nosotros en cualquier momento. Por eso, cuando me eliminaron del juego casualmente, llegó el director de la residencia a echarlos a todos de allí por el peligro (y porque no habíamos pedido permiso para estar).
Yo me fui a mi cuarto a cenar, y como pude, a ciegas. La luz se había ido desde las 19h., aunque los generadores aún seguían funcionando, aunque únicamente para dos bloques y para el pabellón social.

Comiendo mis empanadillas de espinacas me moría de envidia contemplando desde mi ventana cómo los del bloque E continuaban disfrutando de luz (unos cocinando, otros viendo la tele, si no echando unas risas). Aquella escena, yo desde la oscuridad con la mirada recelosa fija en las ventanas de enfrente, parecía sacada de una película de psicópatas de Hichtcock.

Allí noté también que las paredes debían de ser parientes lejanas de la familia de Cartón Piedra. Peor lo pasó una chica de ese dichoso bloque E, que fue al director a llorarle que su techo estaba despegándose. La dirección pegó entonces por ahí carteles que ponían: ¡¡¡Atención!!! El pabellón E, aparentemente, no presenta riesgo alguno. Mantengan la calma. Esto sí es un buen chiste y no los que venían en los cromos de Bimbocao.

Volví a bajar a ver cómo los demás echaban una partida de Risk en el salón de televisión, porque sin luz en mi cuarto y con Luisa no disponible, no había mejor plan. De vez en cuando iba y volvía la luz. Alexis nos proporcionó unas velas, no sea que se quedase a medias aquella memorable partida que, para ser la primera vez que la echaba, ganó tras cinco horas.

Los siguientes dos días sin clase no hubo grandes tempestades por el Delta. Quizás algún momento en que llovió fuerte. Pero ya. Los grandes inconvenientes pasaban ahora por los destrozos: En la residencia no hubo grandes pérdidas. Un árbol arrancado, un cristal zumbado en el pabellón social, hojas y ramas esparcidas por el pabellón y social (y yo, por gilipollas y no cerrar mi ventana, me vi el martes con un pequeño “jardín” en mi cuarto y media piscina por la lluvia que entró).

Peor fue en el exterior, porque el circo chino montado cerca de nosotros salió literalmente volando. ¡Qué de chistes se ha hecho aprovechando la desgracia de los pobres asiáticos! Que si están buscando a una china acróbata que ha salido volando, que si han de comprar 19 metros de lona “Made in China”… Pero no hablemos de las cinco torretas eléctricas que se cayeron, de ahí (creo) el apagón en Santa Cruz y en La Laguna durante algo más de tres días.

Toda la Isla está sobre Unelco y su falta de previsión. Ello conllevó comida a la basura, los frigoríficos vacíos en Mercadona, comercios saqueados, importantes ganancias para Duracell y para la empresa de Manolo el del Butano, el camarero de la cafetería sirviendo en chándal… Pero quizás la pérdida más desconsolable ha sido el llamado Dedo de Dios, una roca elevada en medio del mar de Agaete (Gran Canaria), que el viento ha partido.

Dicen que van a pegar el pedrusco que se cayó. Pues ya pueden ir comprando algo mejor que La Gotita.
Gracias a que fuimos previsibles, tuvimos qué comer el martes. La cafetería sólo abrió por la noche, pero en un periquete se agotaron las existencias. Esa tarde volvimos a jugar al Risk, en el que gané matando a todo el ejército del (que yo creía imbatible) Toni. Por la noche, igual, aunque a pesar de mis buenas jugadas, ganaron otros.

En cuanto al miércoles, pues lo mismo. Yo fui eliminado enseguida del Risk y Alexis ganó nuevamente al conquistar África y Asia, que no es poco. Ese día fue el de recuperación de la normalidad: La luz fue volviendo muy poco a poco a las casas, los desperfectos en las calles fueron reparándose y la gente se manifestó con caceroladas para amargar la existencia de Unelco.

Al final, nuestras tormentosas (pero fabulosas) vacaciones por el Delta en Canarias terminaron en el momento en que oímos por la Televisión Autonómica que el jueves se reanudaban las clases en la universidad, mientras permanecían cerrados los colegios e institutos. Aunque aún había gran parte de las ciudades sin luz, y que en medio de una clase exploté de risa cuando nos quedamos a oscuras, la normalidad había vuelto tristemente a nuestras vidas.

Desde entonces, la gente de la residencia se ha estado regresando a sus casas a cuentagotas. La semana que viene es un puente más enorme que el del logotipo de Mapfre. Que, por cierto, parece ser que las aseguradoras sólo cubrirán los daños en edificios. Los coches, todos a la mierda y a seguir pagando letras.

Me parece que Canarias ya ha sido declarada zona catastrófica por la tormenta Delta. Ya era antes una catástrofe contar con un sistema eléctrico deficiente (no sé de qué la gente se sorprende ahora por lo que ha pasado). Y dicen las malas lenguas que se acerca para la próxima semana un nuevo azote climático, el Épsilon. Eso oyeron decir a las marujas en el Mercadona, que el Gobierno se lo está callando para no hacer cundir el pánico. Ya no sería lo mismo, con tan poca gente aquí con la que jugar al Risk…

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