Sega Mega Drive, ahora y siempre

¿Quién no tiene ciertos momentos en su vida en los que le da por retroceder en el tiempo y recordar instantes inmemoriales de su niñez o juventud? A mí no me basta con eso. Necesito volverlos a vivir, palparlos si es posible. De ahí que, por ejemplo, me haya hecho con la colección completa de la serie Ranma, o me haya comprado una serie de novelas sobre adolescentes que sacaba en la biblioteca de mi instituto. Pero el caso que vengo aquí a exponer es otro aún más singular: el de comprarme cartuchos para la Sega Mega Drive (de 16 bits) y volver a jugarlos.
No sé exactamente por qué la imagen de la consola de Sega reapareció por mi cabeza después de tantos años. Quizás fue al ver a los chicos de la residencia enganchados a esos juegos del ordenador de los que siempre digo que ya dan todo hecho y cuya única emoción es ver los espectaculares gráficos. Terminé por bajar la Mega Drive del altillo de mi ropero, le pasé el paño del polvo por encima, le quité la humedad a los mandos, y comencé a revivir aquellos estupendos ratos.

Como a muchos, a mi hermano y a mí nos regalaron la consola en una de esas navidades a principios de los noventa. ¡A mi hermano y a mí!, así que imaginaos que si ya de por sí nos teníamos declarada la guerra, cómo nos llevábamos para jugar a Sonic antes que el otro. Este cartucho venía en el lote también con aquel “tres en uno”: Hang On, el mismo de la moto en la que nos montábamos cuando íbamos al aeropuerto, pero sin la moto claro; Italia’90, la de los muñequitos cabezones. Otro de sus mayores méritos es que se trata de uno de los pocos juegos (si no el único) con el que se podía jugar con la selección de la U.R.S.S., donde además me resisto a creer que no exista ningún rubio. Y es que escogieses el equipo que escogieses, todos eran morenos, y encima el público que aparecía al marcar un gol era siempre el mismo; Columns, copia del Tetris a color pero sin tanta gracia.

Fueron muy pocos juegos los que compré por entonces, ni mis padres estaban por la labor de gastarse 10.000 pesetas en uno de ellos. Sobrevivíamos fundamentalmente con los cartuchos que nos prestaban los amigos, el vecino, y sobre todo los que cogíamos del videoclub (el alquiler nos salía gratis por enchufe). De entre ellos no podría dejar de destacar los de lucha, como Street fighter II. Siempre escogía a Zangief, el ruso musculoso, porque su táctica de los puños giratorios me entusiasmaba; con Mortal Kombat (I, II y III) lo flipábamos en colores (permítaseme el lujo de emplear expresiones acordes con la época). Destrozar cabezas, partir cuerpos, congelar y electrocutar a los demás jugadores era lo que necesitaban los niños de mi generación para descargar la rabia y la incontinencia propias de la pre-adolescencia; con Streets of rage una vez mi hermano consiguió meterse en el cuartel general del mafioso a las tantas de la madrugada. Hoy es una machangada pasar de una fase a otra, pero para la mente de un adolescente de fines de siglo era costoso.

Película que sacaban en el cine, versión de la misma que la Mega Drive lanzaba para jugar: Los CazafantasmasJurassic ParkBatman Vuelve, las mil y una de Disney… Pero he de subrayar aquella tan bodrio que protagonizó Michael Jackson, Moonwalker. El juego era aún más singular, si cabe, bien por la posibilidad de mandar a los gatos al quinto carajo con los coreográficos movimientos de pies, bien por matar a los adversarios haciéndoles bailar Beat It como ataque especial sólo aplicable en cada fase.

Con el tiempo, la consola retro de Sega tuvo que adaptarse a los avances en gráficos si quería competir con su rival más próximo, Nintendo. Así es como sacaron juegos de 24 megas y luego de 36, como el último que me compré, Toy Story, que me costó casi 6.000 pesetas. Ni es poco antes ni es poco ahora, y eso que en Maya era de los más baratos que quedaban tras la resaca navideña de 1996.

Pero ya no había quien parase el gran avance en cuestión de consolas. La aparición de la Playstation (y otros menos agraciados como la Saturn o la Game Cube) se impuso a mi querida Mega Drive y a la Super Nintendo, pareja en competición y ahora también pareja en la desaparición. Sega no quiso asumirlo, y sacó extensiones como quien lanza complementos para la Barbie. Hablo de la Mega CD y del más estrepitoso fracaso todavía, la 32X.

Y nada, que aparte de los recuerdos nos queda a los mitómanos de la Sega Mega Drive juegos que aún podemos comprar como objetos de colección en mercados como eBay. Allí me estoy intentando hacer con todos estos de los que he hablado y más. La joya de la corona es Toe Jam & Earl, que es de los más caros. No es de extrañar, siendo uno de los juegos más entretenidos por su puesta en escena y sus personajes absurdos.

En fin, que aún no teniendo tanto tiempo como antes para volver a jugar con estos cartuchos, al menos sé que estarán ahí si un día quiero retar a mi astucia y sagacidad de antaño, que tan pocos juegos acabaron entonces.

P.D. Perdón por aquellas imágenes en b/n de algunos juegos, pero es que la Mega Drive en mi tarjeta de TV del ordenador no da para más y mejor.

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