REVIÚ de ‘Titanic’, obra teatral

No esperéis una crítica de la película de Leonardo DiCaprio (u otra cualquiera de sus trillantes versiones). Me refiero a Titanic, una de las obras teatrales enmarcadas dentro del XI Festival Internacional de Teatro y Danza que Las Palmas de Gran Canaria organiza para dar que entretener a los que no salimos de vacaciones, a cargo de la compañía Teater Titanick.

Realmente, a mí nunca me ha ido el teatro. Siempre he considerado que sus actores dramatizan demasiado y exageran los papeles. Pero la función de esta ocasión parecía ser espectacular y no estaría mal despejarme de la serie de los salidos gays por ver algo nuevo.
No éramos pocos los que estábamos allí. Quizás fuese ese el mayor problema: pocas sillas y mucha gente alta delante de nosotros.

¿Ven ustedes algo, aparte del tiempo pasar? Yo al menos pude agenciarme un sitio (aunque estrecho) sobre una plataforma más o menos alta. Encima, por el otro lado del hueco en el que estábamos encerrados se encontraban unos niños, que no sé si venían con sus madres o con la monitora del campamento, pero lo cierto es que éstas no tenían mano dura como para hacerlos callar. No faltaban ni diez minutos para el comienzo de Titanic y ya estaban quejándose a grito pelado.

El principio fue de lo más estruendoso: un par de actores salieron y comenzaron a pegar martillazos sobre barras metálicas y a pegar fuego en varios sitios. Eso sin hablar de la música pregrabada que estaba a todo volumen. Los que estaban viendo el cine de La 2 en ese edificio amarillo se les atragantaban las pipas.
Luego aparecieron más personajes, los cuales ratifican mi teoría del melodrama extremo mediante sus caracterizaciones esperpénticas, que siempre desde la mímica y las expresiones terminaban de levantar lo que se supondría era el Titanic, basado sobre todo en andamiajes y en una chimenea cubierta de plástico.

Quedaba la botadura, que fue a manos de una mujer parapetada de ¿vieja? loca, con pinta de borracha (entiéndase el cáliz cómico de la obra, pues en un trasatlántico real no le dejarían sitio ni al lado de las ratas), que apareció en escena sobre un motociclo que presentaba problemas técnicos en su arranque.
Otro aspecto que me llamó la atención fue el papel de los músicos, situados debajo de la chimenea, que desde esta altura de la obra deleitaron al público con música en directo y bien casada con la trama que se sucedía paralelamente.

Gracias que estaban los técnicos de la función teatral para solucionar los tropiezos y algún posible accidente (que no se podían descartar entre tantas acrobacias a tanta altura, aquellos músicos sin cascos, las llamas que crecían por momentos, la luz y el agua peligrosamente cerca…), así como para encargarse de los asuntos acuáticos conectando las mangueras al “barco” para que el surco del mar (y posterior inundación y hundimiento) fuese más real. Así, de las varas metálicas salían chorros de agua mientras la tripulación del Titanic se preocupaba en festejar el viaje.

Y nada. Ya os podéis imaginar cómo acabó la historia de Titanic: el barco se va inundando, los tripulantes se esfuerzan en achicar agua y pedir auxilio, pero el barco se hunde y todos mueren (o al menos se echaron una cabezadita mientras la Plaza de La Puntilla quedaba totalmente encharcada).

No os cabreéis por si os he desvelado el final de Titanic y creéis que os chafo la velada si un día la compañía pasa por vuestra ciudad. Lo importante no es eso, sino que nosotros hemos disfrutado del espectáculo y vosotros aún no.

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