REVIÚ de Eurovisión 2006

Triste. No hay mejor palabra que defina lo que ha sido Eurovisión 2006, una de las peores de su historia. No ha habido muchas canciones buenas en Grecia que permitiesen que la fase de votaciones fuese emocionante. Pero tampoco era cuestión de alejarlas de los puestos altos y en cambio dárselos a lo más soso que pisó el escenario y, peor, a lo más monstruoso también.

Aquel incidente con el reloj para calcular el tiempo de votaciones era el presagio de lo que se avecinaba. Nana Mouskouri debió pegar ese mismo grito cuando se enteró de quién eran los ganadores:

En general, un buen puñado de canciones se dejaron arrastrar por el éxito de My number one del año pasado y eran vulgares calcomanías de ésta. Ahí tenemos a Malta (que recibió su recompensa de 1 punto), a Former Yugoslav Republic of Macedonia (a cargo de una Beyoncè + Thalía entrada en carnes), a Ucrania (deslució mucho al final bailando con aquellos cascabeles arrítmicos), o a Armenia (la primera vez que participaba y supo cómo convencer con una puesta en escena, aunque se pasaron atándose con las cuerdas en plan sadomaso).

 

 

Varias de ellas también se contagiaron en Eurovisión 2006 e incluyeron algunos sones y danzas tradicionales de su país. Unos lo hicieron con gracia, otros casi imperceptibles, pero lo de Croacia fue como para condenarlos a todos a la pena máxima. Su cantante, que se movía en el escenario con aquel traje putiplista que tanto desentonaba con su cuerpo de baile, pegaba cada grito creyéndose ella que todavía estaba en el monte pastando con sus cabras.

Bien es sabido que la puesta en escena es un aliciente más para ganarse la simpatía. Pero ciertos participantes lo llevaron al extremo en Eurovisión 2006: Letonia y su grupo vocal se lleva la palma al hacer desfilar a aquel muñeco que fabricaron con un tupperware, una cartulina y lo que les sobró de un flexo. Era la combinación perfecta entre Cortocircuito y Macario; lo de Alemania también era de denuncia formal. Apostando por el country, llenaron el escenario de cactus luminosos y de pies de micro donde colgaban publicidad de su web. Los organizadores han sido demasiado benevolentes; lo que sí me causó cierta impresión fue el final de la actuación rusa, cuando imprevisiblemente sale de entre los pétalos sobre un piano como una de estas esculturas humanas de la Calle Triana. Me da que ese piano va a necesitar una seria reparación.

  

Y luego tenemos las baladas, este año más que pastosas. La que mejor salió parada de las votaciones fue la más sosa de todas, la de Bosnia&Herzegovina, que si no fuese por laúd no había por dónde cogerla (los ojos estreñidos del cantante daban cuenta de ello). La que más me gustó fue la del primer conjunto que salió, con un tema que recuerda a We are the world. Pero quizás tendrían más éxito protagonizando Melrose Place allá, en Suiza.

Paso al vídeo recopilatorio de los candidatos no sin antes destacar la vela de chiringuito que lució Moldavia, las zapatillas «emilioaragonescas» del representante de Rumanía, las clases calentonas que impartió el rapero de Reino Unido, la indigestión del micro tras pasar por las manos de la cantante de Grecia, la incombustibilidad de la representante de Suecia y los clips de estrella de la Mónica Naranjo de Turquía.

Ahora, concretemos en algunas actuaciones que merecen la pena ser estudiadas con más detenimiento.
Por supuesto, hay que detenerse en la participación española, criticada antes de la actuación, machacada después de la misma. Y es algo lógico, porque ¿es que a nadie le dijo al coreógrafo que iba a dejar a Las Ketchup haciendo el mayor ridículo de sus vidas? Me parece muy grave que nadie en Grecia haya impedido que las chicas se espatarrasen en aquel mobiliario de oficina, como si estuviesen esperando a la peluquera, y estuviesen tres minutos yendo y viniendo hasta los micrófonos salvando las apariciones de la pareja danzarina, que pintaba menos que un Carioca gastado. ¿Y qué me dicíis de la que decía «un bloody mary, por-favor»? Era para tirarle manzanazos y que así tuviese la boca ocupada. Hasta yo lo podía hacer con más gracia, y a lo mejor Albania nos daba los doce puntos en Eurovisión 2006.

Una de las actuaciones que más me gustaron fue la de Lituania, que quedó sexta. El grupo LT United, formado para la ocasión con cantantes y presentadores famosos en su país, mostraron la parte más espontánea y divertida de la gala. En su letra presumían de ser los ganadores de Eurovisión 2006 y animaban a que se les votasen. Parte del público no entendió el sentido desenfadado e irónico, y los abucheó en todo momento. Pero aplaudo el humor de este conjunto, sobre todo por desmarcarse de las típicas patochadas que suelen dominar en el festival.

Y llegamos a los ganadores de Eurovisión 2006, los finlandeses que han provocado ese dolor en mi alma. Como otros conjuntos, pensaba que sólo estaban ahí para hacer la gracia, para echar las risas entre canción favorita y canción favorita.
Pero ha sido una verdadera pesadilla que Lordi, ese grupo de orcos surgido del Hero Quest, haya salido victorioso y encima con gran ventaja de puntos con respecto al segundo. ¿Es que para ganar hay que hacer los monos, ponerse disfraces asfixiantes, cantarle al mango de un hacha, ronronear en vez de cantar, o sacar la lengua lascivamente para removernos la bilis? Al menos a sus seguidores les cundió la colecta para costearles los fuegos artificiales. No sé si los amantes del metal están contentos por ver que sus gustos se han hecho un gran hueco en este tipo de concursos tan comerciales. Pero si yo fuese heaviata, renunciaría a mis principios y me haría fan de las Spice Girls sólo por eso.

Pero todo es susceptible de empeorar en Eurovisión 2006. Imaginaos que pasa desde semifinales la actuación de Islandia, representada por la siempre soberbia Silvia Night. Y en vista de que este año gusta lo ordinario, ya nos podríamos ver el próximo festival desde Reikjavik.
La canción ya de por sí es intragable, con una letra que quebrantó los límites («¿Mi canción es totalmente guay? No son noticias nuevas. De acuerdo, es caliente. Tampoco es gay realmente. Vengo para quedarme. ¿Quieres un pedazo de mí? Escucha atentamente: Estarás m-u-e-r-t-o. Chicos y chicas de todo el mundo, podemos conocernos el próximo año en Islandia. Felicidades. He llegado. Soy Silvia Night y brillo mucho. Nación Eurovisión, tu sueño se ha hecho realidad. Siempre has estado esperando por mí para salvarte«). Pero la puesta en escena tampoco es apta para cardíacos, dada por un tacón-tobogán, dos duchas por la que salía serpentinas en uno, un teléfono en otro por el que hablaba con Dios diciéndole «Hola, ¿eres Dios? ¿Qué pasa, perro? Soy tu persona favorita en el mundo, Silvia Night. Voy a salvar el mundo. Nos vemos. Adiós«. Todo esto sin hablar de los gritos coléricos que daba con sólo rozarle el aire.

En fin, que ha pasado otra edición más en la que España no se cambia el chip y acude sin nuestro consentimiento con un fracaso cantado. Parece mentira, pero no está a ese nivel de frikismo que tanto parece gustarle a los europeos. Y es que no estamos hablando ya sólo de un festival de la canción. La teatralidad para superponerse, cada vez más.
Eurovisión 2006 no ha podido caer tan bajo.

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