Reportaje fotográfico: Tenerife, patas arriba

La idea original se limitaba a mostraros una única foto que compendiase el trato vejatorio que se le está dando a la isla de Tenerife. Me negaba a recorrerme las calles afectadas, fundamentalmente porque el recorrido sería bastante largo y no hay fondista olímpico capaz de soportarlo. Pero mi responsabilidad social me empujó a hacer mi propia gira por aquellas calles, prácticamente todas las principales de los municipios más concurridos, que desde hace meses son víctimas de una crueldad bestial.

Me refiero a las faraónicas obras que están poniendo patas arriba Santa Cruz de Tenerife y La Laguna. No sé cual es el estado de los otros pueblos, pero pongo la mano en el fuego por que ellos también estarán sufriendo la IV Concentración Mundial de Taladros y Piquetes que este año se celebra en la Isla. No creo que sea en un nivel peor que el de aquellas dos ciudades, porque no puede haber infierno mayor.

Sea por las perennes obras del tranvía de Tenerife (de las que ya ofrecí un amplio reportaje como resultado de un pequeño muestreo por La Laguna, véase aquí), sea por la buena intención de embellecer la ciudad (que al final acabarán por estropearla, como suele ocurrir). Pero lo cierto es parece ser que no han querido ser pacientes y han juntado una obra con otra, que era lo peor que podían hacer. Todo esto ha ocasionado problemas de tráfico (indudablemente), numerosos cortes de agua, una levantada de polvo inmensa…

Pongámonos una vez más en la piel del turista que, con toda su ilusión de ver cosas inusuales, arriba a Santa Cruz en barco (sea en Fred. Olsen si es oriundo de Austria, en Naviera Armas si es oriundo del barrio de Las Remudas). Claro que va a ver cosas nuevas, porque ese Cabildo tinerfeño y la Plaza de España, de gran valor histórico y social, chocan ante sus ojos con esa modificación del panorama tan grotesca: montañas de escombros, grúas más altas que los monumentos, y vallas que prometen lo bonito que va a quedar después de la Operación Desmonte.
 

 
Llendo por la trasera del Cabildo de Tenerife nos adentramos en uno de los puntos más problemáticos. Sus vecinos no se han quedado sentados en el sofá mientras las taladradoras muteaban lo que Jorge Javier decía de la Pantoja en Aquí Hay Tomate, y se han puesto en pie de guerra contra las obras del Tranvía.
 

 
El turista que aprecie el arte urbano no puede dejar pasar la oportunidad de darse un salto por la altura de la Presidencia de Canarias. Los tubos y las montañas de cemento ponen la guinda al matrimonio exquisito entre las cintas de precaución y las vallas metálicas. Esta perfecta conjunción de materiales de construcción vocean el próximo e inminente ‘arte destructivo’.
 

 
En Tenerife no tenemos ríos. Para qué hacen falta si nos olvidamos de él paseando por esta orilla a la que ha sido regalada un vallado de formas sinuosas y el montículo de residuos del que intentan escapar esos tres árboles, a los que les queda poco para ser desahuciados por una excavadora.
 

 
Éste es el inicio de la Rambla Pulido. Ahora muestra una cara más respetable, pues hasta no hace muchos meses era el paradigma de esta tormenta de fosas y cercados. No obstante, algo más adelante persisten las obras de Tenerife que martirizan a comerciantes en particular, y a ciudadanos en general.
 

 
A pesar de todo, no debemos pensar que los responsables de este concurso por ver cuál es la obra más molesta no se preocupan por sus viandantes. Este tramo es una oda a esos peatones, que si no pueden pasar de un lado a otro, ya no sólo es debido a las vallas, sino a los numerosos carteles que decoran las mismas y que tapan la circulación.
 

 
Entran en escena esa apisonadora y el contenedor de detrás, nominados por esta imagen tan dramática. No hay vecino de la calle de la izquierda, abierta en canal para injertarle las vías del tranvía, que no se guarde las lágrimas.
 

 
No despreciéis a los obreros ante este desfalco paisajístico. Valórese su complicado trabajo, especialmente en este tramo donde se ubica la Compañía Cervecera de Canarias, pues se trata de un vallado laberíntico considerado el Triangulo de las Bermudas para los conductores chicharreros.
 

 
Llegados a La Laguna, el aguerrido Atlante contempla inmóvil la escenografía de la que es involuntariamente protagonista. A su espalda, el drago ve peligrar sus raíces ante tanto agujero.
 

Frente al Museo de la Ciencia, en la Avenida de Los Menceyes, sólo las pasarelas hacen posible el paso de una acera a otra. El tráfico de vehículos es más complicado, pues cada día nace en este punto una nueva dirección o camino de circulación.
 

 
Ya, cerca de las Facultades en el centro de La Laguna, nos cruzamos con la rotonda marcada por las vías del Tranvía.
 

 
Una zona social y comercial por antonomasia de este lugar del mundo es la Avenida Trinidad… O lo que queda de ella. La construcción de un aparcamiento subterráneo resolverá el sempiterno problema de estacionamiento. De momento, nos suma uno nuevo: el pasear bajo cierta oscuridad por las galerías tapadas por espesas lonas que evitan enfrentarnos a la cruda realidad.
 

 
En uno de los extremos de la Avenida, este pobre chaval que pasaba por allí es testigo del profundo maltrato al arcén. Y nunca mejor dicho lo de “profundo”. El chico prefiere mirar los postes porque de lo contrario le entrarían irremediables mareos al echar la vista hacia abajo.
 

 
Con la idea de comprobar el estado de la autopista, observamos en este punto que la mitad de ella ha desaparecido. ¿Una obra arqueológica? Nunca una institución buscaría tan soterrado unos simples huesos.
 

 
La visita por las heridas de estas localidades se ha hecho pequeña. Otros tantos tramos rotos por la maquinaria no han sido objetivos de mi cámara. Pero no podía finalizar este breve recorrido sin captar una imagen significativa. ¿Para qué alardear tanto del Auditorio (ya sabéis, ese huevo con plumas), si luego le acercáis tan malas compañías para restarle belleza?

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