Reportaje fotográfico: el tranvía de Tenerife en acción

Sí, señores. Después de todo lo que hemos llegado a sufrir debido a las dichosas obras del tranvía, como decía aquel bochornoso anuncio del Metropolitano con la foto de un embarazo, ‘hay incomodidades inevitables que acaban celebrándose’. Y por fin se puso en funcionamiento, aunque con un resultado un tanto desconcertante (al menos por mi parte…).

No podía hacer mas que rematar mi particular trilogía fotográfica sobre lo que el tranvía ocasionó (recordemos Las obras del tranvía y Tenerife patas arriba), y ahí fui con mi cámara a plasmar lo que dio de sí uno de los días de la inauguración del tranvía de Tenerife (del 2 al 4 de junio), en los que cualquier usuario podía montarse gratis y marear a las pobres azafatas dispuestas en cada parada para explicar el funcionamiento de la empresa.

La intención de aquellos primeros viajes sin costes era la atracción al usuario y conocimiento de éste ante la nueva criatura de los tejemanejes políticos. Pero también convirtió las paradas en un atolladero de gente. Poco faltó para que ésta fuera agarrada en el exterior de los vagones con destino a la India.
 

 
Y claro, tanta tonelada humana terminó por averiar los tranvías el día de su inauguración. Uno de ellos, que coincidió con nuestro periplo, además cambió de dirección en la misma parada. La gente ya no estaba por esperar con la seguridad que da de sí la parada. ¡Qué va! Preferían apostarse en medio de las vías y, si en un momento dado se les venía el tranvía encima, mejor no verlo y y que así les pillase mirando para otro lado.
 

 
Cuando llegamos faltaban unos 6 minutos para que arribase el tranvía. Llegó. Aún marcaban 6 minutos. A veces subía a 9. Otras veces indicaba 127 minutos. Total, uno no sabía si avisaba de lo que tardaría un tranvía en llegar, o si era el marcador de premios del Pasapalabra… ¡Ah!, y no sé quién es el tío de gafas de sol que posa como si la foto fuera con él.
 

 
Y bajó el tranvía vacío, tras descargar en la parada a los que traía de Santa Cruz. Imaginaos cuando abrieron las puertas el día de la inauguración del tranvía, la gente entrando como si El Corte Inglés hiciese 2×1 en joyería y complementos náuticos… El video corre a mi cargo. La banda sonora también (intenté que fuese lo más adecuado al momento, pero el resultado fue un plus de horteridad y cutricinio).
 

 
A ésta pobre chiquilla del video no le entraba el bono en la-cosa-esa-cómo-se-llame-para-fichar. Bueno, ni ella ni nadie en aquel trayecto. Bonito empezamos.
 

 
A las dos paradas más abajo, hasta un alfiler tenía que pedir permiso para poder entrar. Al menos se deleitaría con los sonidos de aviso, de auténtico lujo: un acorde de timple avisaba que cerraban puertas (ni en mis peores pesadillas), y la que pone voz a los anuncios de la Televisión Canaria asomaba para decir que Chimisay era la próxima parada (el que avisa no es traidor).
 

 
¡Ojalá todo el trayecto fuera así de recto! Cierto tramo ofrece una vuelta por Ofra, al estilo ‘tour por las casas de los famosos hollywoodienses’, sólo que la chica de la Televisión Canaria no nos señalaba cuál era la casa de Perro Flaco.
 

 
En otra de las paradas aún asomaba el hocico de Miguel Zerolo, residuo de su campaña electoral personalista. Ya lo decía, “yo cumplo” y sí, ahí vamos en el tranvía prometido. Otras paradas sí que sobran por la mala ubicación, como la del Camino de Las Mantecas, allí donde no vive nadie salvo los lagartos.
 

 
Última parada: intercambiador, que está justo debajo del de las guaguas. Aquel momento de bajarse se sintió como un auténtico ‘carga y descarga’, como si fuéramos vacas luchando por salir como entramos.
 

 
Para volver a subir había que pelearse también, incluso ya para poder ocupar el único espacio libre de aire que quedaba.
 

 
De pie, cómo no, se contemplan también paisajes tan exóticos durante el trayecto como éste, el cañón del Colorado de Ofra. Óbviese del panorama el tendido de césped que recorre el tranvía, atendido diariamente por los jardineros. Y es que cuando cuando la tierra no puede dar más de sí, ¿para qué forzarla?
 

 
Y nada. Que ahí sigue el tranvía. Parece ser que todo esto no ha conllevado un mal trance para las guaguas, porque no ha perdido a su público habitual. Y eso de que llega en menos de 40 minutos entre la primera y la última parada… ¡mentira cochina! Ya que no es víctima del atasco (de ahí la ventaja echada en los panfletos como miel), podía ir un poco más rapidito, que no es así. Encima, ya ha tenido varios accidentes, incluso antes de su inauguración al atropellar a una pobre viandante.

Queda bonito para los ojos. Pero haber sufrido tanto todos estos años para tan poco… Pues va a ser que Momo Saavedra debe retirar su idea de un metro para Las Palmas de Gran Canaria.

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