REPORTAJE FOTOGRÁFICO. El Puerto de La Luz (II)

No podía cometer la aberración de cerrar el 2007 sin la segunda y última entrega fotográfica, que tiene por protagonista al mayor puerto del Atlántico (localizado en la Isleta de Gran Canaria, fíjese usted). Recordemos que en el anterior reportaje del Puerto de La Luz y de Las Palmas (éste de aquí) nos habíamos quedado en una rotonda que nos conduciría, en dirección sur, hasta el dique Reina Sofía.

Antes de llegar nos encontraremos con instalaciones frigoríficas, así como puntos de avituallamiento y equipamiento técnico relacionado con la industria pesquera. Pero ese tramo no conforma un paisaje conmovedor, como sí se aparece en la misma entrada de dicho dique:

Mucho nos queda por recorrer para llegar al final del Puerto de La Luz, que cada cierto tiempo se amplía artificialmente. A este lado del puerto se concentran barcos procedentes del Gran Sol nipón, o de las aguas frías soviéticas. Pero también aquellos otros que necesitan la ayuda del destornillador y del soplete. Veremos ese taller si, avanzando, volvemos la vista:

Y si no hay arreglo que valga, pues nada, ahí se queda tomando el sol. Es el caso de este barquito chiquitito que no sabía navegar, víctima además de los despiadados escombros:

Escombros que, dicho sea de paso, campan a sus anchas por el dique del Puerto de la Luz. Pero lo que parece un infortunio, por qué no, también se puede convertir en una imagen (dantesca):

Parece que alejándonos cada vez más, el cuadro se vuelve más impresionante. Este faro nos avisa de que hemos llegado al dique sur, desde donde observamos una vista parcial del complejo portuario y de la Isleta:

Girando 180º sobre nosotros mismos, descubrimos el dique sur del Puerto de La Luz en parte de su magnitud. La paisajística de Las Palmas de Gran Canaria se acompaña de una simpática hilera de bicicletas. ¿Acabarán por darse cuenta Desi, Pancho o El Piraña que Chanquete ha muerto por más que busquen?

Entre barco y barco, el espacio que queda es una preciosa conjugación de mar, óxido, soga y un horizonte levantado por edificios:

Lo mismo ocurre con esta visión, sólo que el sol del atardecer chispea el agua con su luz intensa sobre la capital grancanaria:

El muestrario es rico y diverso. Sin irse más lejos, topamos con una espectacular oda a la herrumbre que flota sobre el mar:

No desespereis, que queda menos para alcanzar el final del Puerto de La Luz que, como ya he dicho, ha ido sufriendo sucesivas ampliaciones. En su principio, cada dique que se colocaba pareció dedicarse a un municipio o isla, según nos deja entrever la placa puesta en cada uno de ellos con su respectiva fecha:

Llegamos al último faro. Aparcamos la bicicleta, saltamos al dique y se abre para nosotros una inmensidad paisajística que premia a la vista por tan largo recorrido:

 

Es hora de regresar y de dejar a los queridos ciudadanos de a pie (o de los que hayan venido en coche), que sigan pescando especies que ni el escabeche es capaz de esconder el sabor exquisito del gasóleo:

Concluimos este reportaje con una imagen captada a la vuelta, y que compendia lo que da de sí un espacio como el Puerto de la Luz. No es un idílico jardín ni un empegoste de esculturas miguelangelescas. Pero como creo haber dado a entender, lo tosco también tiene un lado donde se esconde la belleza.

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