Mejor que sobre corazón que no que falte veneno

El otro día, en uno cualquiera de esta semana, me vi conmocionado nuevamente por otra de esas situaciones que se escapan de la razón humana. Esta vez tenemos a dos protagonistas: una mujer (llamémosla “La Vaquilla”) y a otra que la acompaña en el suceso (llamémosla la “Presunta Implicada”).

Pues resulta que La Vaquilla y la Presunta Implicada pasaban una típica tarde de compras en un centro comercial. Acabaron en una tienda de bisutería (qué raro en las mujeres, ¿no?), y entre colgantes de plumas y pulseras de caracolas hallaron una cartera tristemente abandonada.

Ambas golisnearon en su interior. Y uso el verbo popular canario “golinear” porque la intención no era la de identificar la propiedad del objeto perdido, sino la mera curiosidad. Si llega a ser la cartera de Isabel Preysler, su satisfacción sería extrema. Pero no. Pertenecía a una chica, joven y sencilla, de un pueblo del norte. La situación resultaría mundana si los ojos de una y otra no brillasen ante los más de 120€ que había en su interior.

¿Qué hacer? Aquí se presentaba el dilema. Una mujer de la edad de éstas dos no se interesaría por una cartera Nike (más cuando no tienen ninguna hija a la que llevársela para que luzca en las locas noches de El Muelle).
La Vaquilla optaba, decidida, por mangarla, en tanto que la Presunta Implicada, con más espíritu social, preferiría devolverla.

Desenlace: La Vaquilla escondió la cartera sigilosamente en su bolso y agarró a la Presunta Implicada del brazo, y se la llevó en volandas a un lugar lejano. Con más reposo y calma, en una dulcería de finos panes, la Presunta Implicada expuso que su conciencia la obligaría a devolverla, pero no a la dependienta. Ella, que lo fue en un pasado bastante remoto, tuvo sus experiencias al respecto y sabe lo que es eso (sin llegar a ese robo de proporciones abismales, sino que fue cauta y esperó a los tres meses naturales). Su idea era de dirigirse a la comisaría de policía más cercana y depositar allí el objeto en cuestión.

En cambio, para La Vaquilla no tenía más vuelta de hoja: aquellos papeles con rico aroma a dinero tenían que ser para ella. Se excusaba con que su hijo había pasado por ese duro trance, de dejarse olvidado algo y no encontrárselo en su desesperada búsqueda.

Moraleja: Mi conmoción era insuperable. Que al hijo de La Vaquilla haya sufrido en carnes la poca humanidad de ciertas personas, no quiere decir que ella se convierta en una delincuente como éstas. Es para cogerla del pescuezo y gritarle (después de denunciarla, claro) que por personas como ella su hijo se tiene que ver en esas situaciones tan dramáticas. Que piense en la pobre chica que, por un desliz del que supongo que aprenderá sabiamente en un futuro, se dejó olvidada la cartera en la tienda: puede haber cobrado su paga después de trabajar como una “descosía” todo julio, y de pronto ve que alguien cruel se ha llevado todo su esfuerzo.

En fin, la vida.

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