“Madres Forzozas” o cómo revolucionar la nostalgia

En una época donde los reboots y los remakes de series gloriosas del pasado proliferan, Fuller House (Netflix, 2016 – ) se ha ganado un hueco importante. Sinceramente no es una buena serie, pero ahí sigue, en una cuarta temporada (pocos ‘comebacks’ pueden presumir de ello). Sí, empiezo el artículo confesando que muy buena no es. Me baso en que no me paso el año deseando que llegue la próxima temporada. Y es que sus tramas son simples y no enganchan nada. Entonces, ¿qué tiene Madres Forzozas que sigue en la brecha? Pues lo dicho en un principio: la nostalgia.

Recuerdo que cuando era niño/adolescente estaba pegadísimo a Padres Forzozos (ABC, 1987 – 1995), primero desde Canal + en sus emisiones en abierto y luego en Antena 3 antes de que Los Simpsons irrumpieran en la sobremesa. Quizás fuese por eso, porque yo era un púber que necesitaba de personajes con los que identificarme. Yo era DJ, acosada por unos padres que vigilaban sus movimientos para que no se enrollasen con los tíos malos, para que sacase las mejores notas, para que no fuese a fiestas con alcohol. También me reflejé en la hermana mediana, Stephanie, alguien que empezaba a descubrir la vida más allá del Play-Doh, sus responsabilidades, los primeros desamores… Sí. Yo en esa época también pasé de niña a mujer.

Reparto original de “Padres Forzozos”, que cada temporada iba en aumento hasta reventar esa casa.

Mientras, esos “padres forzosos” me parecían personajes estereotipados, exagerados, payasos (en el peor sentido de la palabra). ¿Necesitaría llegar a sus edades para entenderlos? No, porque aún Danny, Joey y el tío Jesse me siguen pareciendo ahora mismo papeles lamentables. Bueno, Danny Tanner no. Mi madre es igual de maniática con la limpieza. Pero nunca deseé un tío ventrílocuo ni otro que le diese más importancia a su pelo que a la guerra de Oriente Medio. El objetivo de Madres Forzozas fue la de trasladar esos roles a una nueva generación, moviéndolos un escalón más. Ahora es DJ quien se ha quedado viuda y debe recurrir a su hermana Stephanie y a su amiga Kimberly para que le ayuden a cuidar de sus pequeños hijos. ¡Y en la misma casa! Casualidades de la tele…

Lo que muchos temíamos de Madres Forzozas es que fuese una copia exacta de Full House. Las telecomedias han madurado (tanto que apenas existen ya telecomedias). El dramatismo pasteloso familar, y el dar pena por pena, ya lo tenemos superado en el siglo XXI. Por suerte, el pequeño Max ya no llora porque se le ha muerto el conejo o porque llegó Navidad y echa de menos a su padre (uy, esto último ya apareció en la cuarta temporada). Lo que Fuller House ha heredado ha sido el desorden familiar, las tramas caóticas, el humor blanco para todos los públicos pero sin llegar al anquilosamiento (y perdón por este vocabulario de Pío Baroja).

Las Navidades en “Fuller House” siguen siendo más grandes que en la casa de la Preysler.

El principal reclamo para la vieja generación no es ver nuevamente cómo los niños se las apañan en el caso de que rompan el Cadillac del tío Jesse. Recuperar el elenco original es todo un logro (tampoco es que tuviesen una agenda muy apretada en Hollywood, salvo las hermanas Olsen que siguen en su parra). Saber qué fue de una gran familia ficticia como los Tanner es todo un lujo, y cómo siguen evolucionando en sus papeles. Becky y Jesse por fin han estabilizado su relación y se plantean la adopción. Joey es cabeza de una familia numerosa pero es tan insoportable que apenas aparecen en los episodios de Madres Forzozas. Y Danny… Pues sigue siendo el mismo pero ha cedido la casa a DJ y sus boniatos. Mi otro miedo era que la audiencia fuera tan de culo que a los guionistas se les ocurriera meter de nuevo a los padres originales en la casa. Ese hubiese sido un paso atrás bastante penoso.

Las nuevas protagonistas principales son esas Madres Forzozas. Stephanie abandona su sueño de DJ profesional por cuidar a sus sobrinos (olé sus huevos) y ha superado su animadversión por la mejor amiga de DJ. Incluso ha contado con ella para la gestación subrogada y se ha declarado bisexual, un gran atrevimiento de los guionistas para una serie familiar (olé sus huevos). Por su parte DJ ha tomado el mando en la familia de forma que vemos a un personaje renovado, con un nuevo carisma, que ya no es la individualista que quería una habitación para ella sola sino que ahora da su vida por toda su familia.
 

 
Pero si hablamos de personajes carismáticos en Fuller House, Kimmy Gibbler fue y sigue siendo la número uno. Nos sirve las mismas secuencias ilógicas pero sin perder frescura. Aunque la tensión que causaba en los Tanner se ha rebajado (cosas de la madurez). El personaje revelador es su ex marido, Fernando Hernandez-Guerrero-Fernandez-Guerrero, que también es algo ingenuo pero picarón. Sin su hueco en el chalecillo de San Francisco no tendríamos tantos aires nuevos. Los niños también lo dan, especialmente Max Fuller, el sabelotodo que se cree mejor que nadie. Pero es taaaaan adorable. A diferencia de la Michelle Tanner, que robaba los corazones al público de Padres Forzozos, los nuevos gemelos de DJ no despiertan ni la décima parte. Y me alegro de que sea así porque indica que Madres Forzozas no aspira a la calcomanía.

A pesar de mis buenas referencias hacia la serie de Netflix, no está entre mis series preferidas. Madres Forzozas es como para ponerla de fondo, como la radio. Aunque sus responsables han conseguido cortar el cordón umbilical con Full House, le falta atraer un mayor interés. Quizás necesite tramas más fuertecillas (lo consiguió con el triángulo amoroso DJ-Scott-Matt, pero fue temporal) y más peleas familiares, que a veces resuena el eco de La Casa de la Pradera (NBC, 1974-1983). Si Madres Forzozas no hace un cambio, me parece que el sueño nostálgico no va a perdurar. ¡Que mucho ha durado!

 

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