“Las Aventuras de Tintín”: de lo retro del VHS a su orientación gay

Hoy en día es raro ver producir una animación de personajes clásicos, los de toda la vida. Quizás un remake, un reboot, un “relcoñodesumadre”… La pantalla actual está plagada de dibujos animados sobre animales o seres deformes que se les parece, y apenas con mensajes moralistas. Las Aventuras de Tintín fue todo lo contrario. Rescató para la generación de los años 90 un héroe del cómic universal, que a modo de serie para televisión recreaba la gran mayoría de álbumes publicados. El reportero belga idealizaba ese afán de aventuras y al mismo tiempo la lealtad, que las buenas acciones llevaban su recompensa y bla, bla, bla… Pero haciendo un revisionado en nuestra época no es todo tan bonito como Hergé lo pinta…

Recuerdo que en los años 90 hubo un boom por los cómics retroalimentados por su versión televisiva, o viceversa: Mortadelo y Filemón, Ranma, Dragon Ball, El Pato Darwin, Sailormoon… Antena 3 fue la encargada de emitir en abierto Las Aventuras de Tintín (Canal + lo haría previamente). Pero los niños de aquella época la disfrutamos más bien con los VHS que se vendían “conjunta e inseparablemente con el periódico”. Aguardaba con impaciencia cada domingo de 1996. Me levantaba temprano para ir a la panadería con mis 500 pesetas. El primer VHS, Objetivo: La Luna, me lo ví el mismo día no sé ni cuántas veces hasta aprenderme los diálogos.

Ingenuo de mí, pensaba que el Canarias 7 tenía los derechos en exclusiva de Las Aventuras de Tintín. Internet me abriría los ojos y acabaría descubriendo que la prensa de toda España también los repartía: Diario 16, El Periódico de Aragón, La Voz de Asturias, El Día de Toledo, Deia, Ya, La Vanguardia… Éste último la editaba en versión catalana y (como hubiesen dicho Hernández y Fernández), “yo aún diría más”, ¡con lomo verde y numerados! Sin embargo no se llegó a lanzar completa toda la serie de dibujos animados, producida por Ellipse (Francia) y Nelvana (Canadá).

En 1991 ambas productoras llevaron para televisión un total de 39 capítulos, cada uno de 20 minutos. En realidad el cómic original se conforma por 24 álbumes, pero decidieron partirlos en dos episodios salvo dos: Tintín en América y La Estrella Misteriosa (de hecho en el primero quisieron meter todo lo posible en tan poco tiempo que el ritmo es demasiado apresurado, como que el doblador se quedaba sin aliento). Aún así Las Aventuras de Tintín no cubre todos los cómics. Se quedaron fuera el primero y el último de la colección (quizás por no estar demasiado desarrollados) y Tintín en el Congo (¿por racista?, vale, lo hablamos luego).

Efectivamente, amigos. Tintín también tenía sus defectos. No le podemos exigir a este reportero creado en 1929, como suplemento de un periódico católico, que sea gayfriendly y activista de los demás derechos igualitarios. Qué coño. ¡Es que Tintín era gay! Mucho se ha escrito al respecto por diversas causas: nunca babeó por un personaje femenino y se acompaña de su inseparable Milú (fox terrier de malas pulgas al que sólo le falta meterlo en su bolso de Marie Claire). Además vive en un caserón con un un viejo lobo de mar al que sacó del alcoholismo (¿por amor?).

Realmente no creo que el Capitán Haddock bebiese los vientos por el joven reportero. En Las Aventuras de Tintín vimos cómo se fraguó esa relación bohemia, que empieza por sacarle de un mal ambiente de machos traficantes y que encima le lleva en palmitas a descubrir el tesoro familiar (el de Rackham El Rojo). Cómo no le va a agradecer Haddock lo que ha hecho por él sino invitándole a vivir con él al Castillo de Moulinsart, junto al profesor Tornasol. Y no, no se trata de un trío pasional. El científico financió el rescate del Unicornio y el Capitán es bien agradecido. También por éste puso su vida en peligro en varias ocasiones para rescatarlo de sucesivos secuestros.

La cuestión es que Haddock se convirtió en un fiel amigo a todas luces. Suplió con Tintín y Tornasol esa carencia afectiva, quizás familiar y sentimentalmente, destruida por el alcohol (y que la serie Las Aventuras de Tintín se encargó de maquillar, porque no era un tema adecuado para el público infantil). Pero sigo asegurando que Tintín es gay, y no me refiero a aquéllos clichés. En Tintín en el Tíbet vimos a un protagonista que había sufrido como nunca antes, cuando el avión de su “amigo” Chang se estrella en las montañas del Himalaya.

Sin pensarlo fue a su rescate, sin ni siquiera tomar medidas de seguridad adecuadas. Su voz se quebraba cada vez que encontraba pistas de su supervivencia, y se enfrentó al mismísimo Yeti para rescatarlo de sus fauces. Tintín no sobrepasó estos límites extremos por Haddock o por cualquier personaje. Si esto no es por amor, que baje Dios y lo vea. Pero en la época de su publicación estos temas estaban vedados y había que dar una imagen más acorde con los tiempos. Esto incluye ser racista.

La xenofobia no es tanto por el propio personaje sino por el contexto creado. Cuando se ambienta América Latina se recrea siempre un mundo de repúblicas bananeras; en el caso de Oriente, de pobreza y drogadicción; en el caso del mundo árabe, de tráfico de armas y de esclavos. Es muy seguro que por estos motivos los productores de Las Aventuras de Tintín descartasen su viaje por el Congo, lleno de exaltaciones al colonialismo y a la raza blanca. Por eso tenemos que perdonarle. Si llevásemos al reportero a nuestros días apostaría por ver a un Tintín más abierto a las experiencias, a expresar sus sentimientos nobles y, por fin, al romance. Mucho, mucho amor.

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