La vida es sexo

Con este título completamente pretencioso quisiera hablar aquí y ahora de un tema siempre permanente. Y no me refiero a temas de extremo médico, ni siquiera a lo complicado que es trabajar como sexador de pollos. Quiero referirme exactamente al sexo en toda su ‘morbitud’, aquel otro sentido que suele estar más en boca de todos, sea de palabra o literalmente entre diente y paladar.

El sexo ha sido y será una de las cuestiones más trascendentes en el acontecer humano, máxime desde que se paga. A pesar de todo, aún hoy sigue siendo un tema que ruboriza. Esta actitud es comprensible, ya que se trata de una parte bastante íntima de la persona. Es por ello por lo que cada uno tiene derecho a preservar los detalles de su vida sexual, si quiere, frente al hambre de chisme. No por desembuchar las veces que ha mojado el churro se es más guay, ni por todo lo contrario se es menos enrollado.

Pero otra cosa es darle completamente la espalda al sexo e ir de santo. Quien no haya gozado ensuciando es un (cochino) mentiroso. Lo que sí no entiendo es como hay quienes niegan drásticamente de él y huyen de hablar del tema, al menos en sus aspectos generales. ¿Qué cuesta hablar de la masturbación, si en la práctica todos lo hemos hecho?

Por otra parte, luego están aquellos que restan su verdadero valor al sexo: que si nunca se han pajeado, que si hay cosas más importantes que el sexo, que si por hablar de él somos unos salidos… Pues no. Sin el sexo no habría vida. Y si además todos podemos disfrutar haciéndolo, y hablando del tema nos echamos unas risas, pues adelante. Lo que hay que hacer es deshacerse de esa idea del “sexo = malo”, heredada del tradicionalismo más desfasado.

Todo esto viene a cuento porque hay quienes me acusan de que no soy capaz de mantener una conversación seria, al terminarlas con comentarios sexuales. La conclusión más fácil de este hecho es que yo sea un guarro pervertido. Pero tras un primer autoanálisis he de confesar que esto no es así.

Lejos de mis instintos más primarios (de esos que tenemos tooooodos), suelo colar algún ‘dice que ha traído jaboncillos para que se los recojas en el baño‘, ‘sácate la polla de la boca que no se te entiende‘ o, simplemente, ‘me tienes hasta la pepitilla del coño‘. La razón de este comportamiento no es más que la de sacar la risa (o los colores, que es más divertido) de la gente a la que se lo suelto. El día que deje de hacer gracia, hablaré entonces de las consecuencias de la Guerra Civil.

Eso sí, no dejaremos de follar como locos.

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