La Casa de Las Flores: la telenovela que se ríe de las telenovelas

Desde Rosalinda (Canal de Las Estrellas, 1999) que no había vuelto a ver una telenovela. Ese genero del folletín ya me estaba produciendo gorgojos. Las interpretaciones eran a menudo exageradas, las tramas se veían venir, y todos sabíamos del desenlace desde los títulos de crédito. Nada que ver con La Casa de Las Flores, que es la hija rebelde de las telenovelas parida por Netflix (quién si no).

¿Por qué me decidí a darle una nueva oportunidad a este género de ficción? En primer lugar, no se vende como una telenovela (aunque esté chorreando melodrama surrealista por cada minuto, y luego contaré por qué). Nos han empaquetado La Casa de Las Flores como una serie de intriga y humor negro. Yo diría más que es una sátira a ese formato televisivo, que se ríe de él y de manera sutil, sin que se vea a primera vista. La muerte más terrible se la toman a cachondeo, cuando en otras telenovelas llorábamos hasta por el crimen a tiros entre Gonzalo y Marión en Cristal (RCTV, 185-1986). O los desengaños amorosos de Julián De La Mora, que son descojonantes, más que nada por la manera tan infantil con que se los toma.

La Casa de las Flores va sobre una familia cuyos trastornos psicosociales salen a la luz a partir de un suicidio. A partir de ahí los defectos de todos y cada uno de los personajes empiezan a aflorar como hormigas en verano. Se descubre que paralelo al negocio familiar de las flores existe otro, un cabaret mal avenido con el mismo nombre que es regentado por los miembros más disfuncionales del clan. No será el único problema que Virginia De La Mora, la matriarca, tendrá que asimilar. Luego vendrá el encarcelamiento de su marido, la salida del armario de su hijo, los problemas financieros…
 

 
Hay que decir que para mí la escena ‘estrella’ de la serie de Netflix es esta, cuando el personaje de Darío Yazbek Bernal se ve obligado por su amante a reconocer su identidad sexual. El paralelismo entre cómo lo hace y cómo le gustaría hacerlo dejó el listón bien alto en los primeros capítulos, cosa que se mantiene (aunque a duras penas, he de reconocer). La otra pata de la mesa es Paulina De La Mora, no sólo por su pesimismo y carácter conformista, sino por el acento clasista único de Cecilia Suárez.

Una gran diferencia con las telenovelas es que la serie de Netflix tiene un reparto coral. La importancia del personaje matriarcal de Verónica Castro no está por encima de la de María José, su yerno convertido en nuera. Todas las tramas de La Casa de Las Flores funcionan solas y a su vez se complementan. Tiene tanto interés ver cómo aquélla se las apaña para reflotar el negocio traficando con droga, como la forma natural con que Paco León intenta adaptar su cambio transgénero a la familia (no veremos una imitación de Anne Igartiburu, que eso ya es un mérito).

La familia De La Mora andan leyendo algo fascinante por Internet. O quizás algún perfil interesante de Tinder.

No es de los personajes principales, pero el de la vecina cotilla me llamó especialmente la atención. Será porque todos tenemos a una Carmelita en nuestras vidas, alguien que presume de moral pero trata de chismear en nuestros asuntos. Se presentó así como un personaje antagonista, al que poder odiar. Sin embargo se descubre que también es imperfecta y eso la hizo carismática, y hasta nos daba pena y cariño al mismo tiempo.

La comedia de La Casa de Las Flores está servida a través del drama familiar. A veces está hecha como si en cualquier momento fueran a sonar risas enlatadas. En cambio ese humor le hace salir del tiesto de las telenovelas, que lo sigue siendo por esa exageración del realismo familiar. Su creador, Manolo Caro, ha hecho un trabajo bastante envidiable. Todos esperamos el regreso, ya no tanto para saber cómo la familia De La Mora sale del fango sino por ver de nuevo a sus payasos en ese circo floral.

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