«Juego de Tronos» o cómo coronarse hasta la coronilla en televisión

Juego de Tronos (HBO, 2011 – 2019) es una de esas series de televisión a las que se las ha sacralizado de una manera devastadora. O sea, que tampoco es para tanto. Confieso que me ha costado empezar a verla. De hecho me quedé en la primera temporada cuando se estrenó y no quise saber nada más. Que hubieran miles de personajes del tingo al tango, entre un reino y otro luchando por distintas cosas, la verdad es que me mareó. A poco de estrenarse la última temporada la retomé, y de la misma forma confieso que me la tragué durante días maratonianos. Sí, mantengo con la serie de HBO una relación de amor y odio.

Todo fue porque una compañera de trabajo insistió tanto en que la volviese a ver. Que sí, que me entendía, que el principio era muy pesado pero que luego valía la pena. Recuerdo que eso mismo me ocurrió con Breaking Bad (AMC, 2008 – 2013), y por eso mismo le di otra oportunidad. Y vaya, la primera temporada de Juego de Tronos la vi con otros ojos. Será por la de series que me habré tragado desde entonces, y he desarrollado un aguante inmunológico. Pues a partir de ahí, en cuestión de semana y media la terminé y he de decir que menos mal. ¡Que menos mal que no tuve que esperar dos años para saber cómo sigue! ¡Qué nervios! Pero no nos adelantemos…

Juego de Tronos es todo un despliegue de miedos técnicos, de manera que estaba destinada a ser una serie TOP desde la producción del primer episodio. Para ello se destinaron cinco millones de dólares, y se ha ido triplicando hasta la octava y última temporada. Hemos visto enormes escenarios naturales llenos de gente vestida de época, caballos como para llenar ‘cienes’ de cuadras, armatostes medievales muy creíbles y unos efectos especiales que ni Jurassic Park (en su momento, claro). Pero tirar de billetera no es sinónimo de éxito, y el guión también es tamaño responsable aquí.

Cersei Lannister marcando territorio en El Desembarco del Rey.

Ya tienen que cobrar bien los guionistas de Juego de Tronos porque los giros que pega episodio tras episodio son impactantes, y lo que es aún mejor, impredecibles. Los serieadictos estamos tan acostumbrados a que nos estiren los programas con mierda insustancial que no lleva a ningún lado. Así ocurrió con Perdidos (ABC, 2004 – 2010) y su recuerdo ha empeorado con el tiempo por este motivo. La serie de HBO cierra la puerta en su mejor momento, cuando es cierto que la lucha entre las casas por el trono de los Siete Reinos no da más de sí y ahora luchan por otro motivo aún más frenético y jugoso. Es como un ‘All Stars’, en el que Lannisters, Starks y Targaryen deban aparcar las rencillas de las siete temporadas por un mal común. Vamos, morbo a tituplén.

Es precisamente eso, el morbo, uno de los mayores atractivos de Juego de Tronos. La serie de HBO sabía a lo que quería jugar, y fundamentalmente durante la primera parte no hemos parado de ver tetas por doquier, culos a mansalva y alguna que otra polla morcillona (que es lo que menos vende, aunque se ha tratado de satisfacer a toda clase de público con idilios gays y lésbicos). Las muertes truculentas también han jugado un papel importante, hasta tal punto que sólo faltaba poner cortinilla de estrellas cuando a uno le cortaban la cabeza. La que más me dejó loco fue la de Oberyn Martell, que se ofrecía como un personaje revelador y fuerte y acabaron despedazándole la cabeza en una lucha cualquiera. Además de eso ha habido incesto, violaciones, pedofilia, magnicidios… Vamos, que aquí la censura se la pasaban por el forro de la claqueta.

Khal Drogo poniendo a Daenerys mirando a Cuenca.

Por lo general el rollo medieval no es que me guste. Juego de Tronos está basado en la serie de libros Canción de Hielo y Fuego, por George R. R. Martin. Es algo tipo «El Señor de Los Anillos«, que son tochos de batallas descriptivas. No me lo he leído (ni pienso) pero al final han hecho como con The Walking Dead, que los productores hicieron después lo que les ha dado la gana con las tramas. En este caso, para bien. Han metido casualmente a una manada de zombies, que los han llamado «caminantes blancos», cuyo riesgo ha ido creciendo exponencialmente temporada tras temporada, hasta eclipsar el final que se nos viene encima. Eso me gusta, porque además del toque fantasmagórico da ese giro de unidad de todas las casas, con la expectación de cómo van a mover ficha cada una si se quieren llevar un trozo del pastel para el castillo.

Lo cierto es que no me va a dar pena que Juego de Tronos finalice aquí, en su mejor momento. El consuelo es que se avecinan cuatro spin off para todos los gustos. Espero que hagan uno dedicado a Tyrion Lannister, el mejor personaje de la serie de HBO y probablemente de los que haya visto en muchas series. Con él se ha superado el enanismo para fortificarse como una persona fuerte, culta, diplomática, pero con sus arranques humanos, como la de asesinar a su padre por menospreciarle. También hay que destacar a Cersei Lannister, que es esa villana que odiamos pero cuyo drama personal hace que la amemos también; Daenerys Targaryen, quien va de comunista por la vida liberando al pueblo de la esclavitud pero que luego quiere que todos ellos se arrodillen ante ella; y casi los Stark de pleno: Sansa, que se ha crecido ante las adversidades; Arya, de niña insoportable a mujer astuta; y Jon Nieve, un quiero y no puedo consigo mismo.

A día de hoy no puedo colocar a Juego de Tronos entre mis series favoritas, ni preveo que la vuelva a ver entera algún día de nuevo. Pero sí que me ha dejado un buen sabor de boca porque pienso que ha cumplido unas expectativas que van más allá de lo que vemos. Ha mantenido el suspense, un buen gusto artístico y un reparto en su justa medida (perdón, Peter Dinklage). Ahora, una vez finalizado y postularse como la serie más venerada de todos los tiempos, HBO se rascará las manos con las sucesivas ediciones especiales, luchará contra Harry Potter a ver quién vende más pijamas en el Primark y creará los spin off que sean necesarios hasta repetir éxito. Ese es el verdadero Juego de Tronos, coronarse hasta la coronilla.

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