Imagen o no. ¿Es que hay que plantearse la cuestión?

Durante estos días se me ha planteado un debate que enfrenta en cada esquina a quienes se distinguen por su belleza, contra aquellos que no pero que tienen otras cualidades. ¿Cuál de los dos bandos tiene más oportunidades de llegar más lejos, y de garantizarse un futuro más brillante? La respuesta creo que es obvia, aunque convendría matizar ciertos aspectos.

Lo que te da un buen currículum no lo da una buena imagen. La belleza es efímera. Incluso no hace falta esperar a caer en la mediana edad para comenzar a convencerse de las consecuencias de la vejez. Basta con que salga un grano, lo explote, y en un arrebato de venganza pustular se multipliquen por toda la cara. Vale que ahí esté la cirugía plástica para tapar la cruda realidad, pero no todos están en disposición de invertir en ello. Así que la vía física para conseguir una meta tiene fecha de caducidad. Luego tenemos a depravados y pervertidos en los despachos que les es suficiente con que tengan coño para conceder favores, pero eso ya es entrar en otro terreno (y este sí, mucho más espinoso).

¿Hace falta ahora decir las ventajas que, por el contrario, tiene el conocimiento? Desde un cursillo de macramé hasta una carrera universitaria, todo título acreditativo puede convertirse en una buena llave para abrir puertas, aunque luego no vayas a trabajar en la materia que has estudiado (algo que ocurre habitualmente). Esto puede ser una frustración, aunque que se compensa con un fenomenal sueldo. Pero no nos desviemos: antes que nada, hay que hacer una clara diferenciación entre empollón e intelectual, que no es lo mismo. A una persona inteligente no le cuesta escapar de las pruebas de aptitud. Por eso después están los que se les denominan (despectivamente) ‘empollón’, que para sacar un raspado en los exámenes tienen que abrir heridas en el codo. Basta con aplicarse con voluntad, tenacidad y ganas de currárselo. Eso está por encima de la imagen y de la misma inteligencia.

Luego hay quienes conceden una importancia estúpida al espejo, aquellos que con una sesión de fotos ganan 3.000 euros, cuando un Bill Gates o un Steven Spielberg cualesquiera ven ante sus ojos pero que muchísimo más, sin ser especialmente guapos. No digo que no haya casos en los que la matrícula del gimnasio o un tratamiento corporal estén justificados. Si la mejora física implica salud y sentirse fenomenal consigo mismo, pues adelante. Por ejemplo, para mí no es esencial que a los demás le guste mi imagen, sino que a mí me guste mi imagen, porque el que tiene que estar feliz y contento he de ser yo.

Sin embargo, esta verdad no es lo suficientemente apreciada por la sociedad, de tal forma que la beatificación de la imagen llega a causar un daño letal, derivándose hacia enfermedades como la anorexia, la vigorexia o la bulimia. Y pensar que hay gente que ve valores a la imagen…

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