Go London!

La semana y pico que he dejado al blog huérfano de artículos nuevos ha valido la pena. Ahora me comprenderéis. El pasado fin de semana arranqué en un avión con destino a Londres. Junto a Nueva York, ha sido uno de los lugares donde siempre he querido estar. Si a eso se une que se trataba de la primera vez que salía de esta patria cañí, pues ¡bingo! Podemos tener la experiencia del año.

Una de las cosas que temía cara a mi viaje a Londres era el frío. Camisilla, camisa, jersey y chaqueta casi no fueron suficientes para soportar el clima londinense, y eso que disfrutamos de algún día despejado. Encima, a las cuatro de la “tarde” empezaba a anochecer (de ahí que a las ocho los comercios se recojan). Aunque pensé que iba a ser peor. Pero todo es cuestión de acostumbrarse, y si no que se lo pregunten a algún que otro friki que pillamos en bermudas.

Que de frikis estaba Londres lleno. Imaginé que eran cosas de las películas, pero en realidad hay gente que sale a la calle con pelucones multicolores, gigantescas piernas colgando en fachadas, e incluso chinos que se hacen ridículas fotos de boda frente a Westminster. Sí, Humor Amarillo existe de verdad.

Pero volvamos a la cuestión del frío en Londres. Este inconveniente natural quizás explique la afición por los ingleses por el café. No había mañana que faltase un vaso de cartón en las manos de alguno (a pesar de que dicen que esas mezclas son aguadas). Esta costumbre da pie a la apertura de mil y una franquicias de café rápido, como Café Nero. Un, dos, tres, responda otra vez: Café Nero, Ritazza, Subway, Up Cracker, Costa…

La comida de Londres dejaba que desear (lo que se confirma el mito), al menos si se quería comer a un precio decente. La misma Cheeseburguer que nos podemos zampar en un Burger King de aquí, allí te viene además con lo que la vista cree que es bacon. Mientras, el desayuno del hotel constaba de una suela a modo de tostada, y cereales con leche de garrafa (fría, porque el calor sólo para el té). Lo peor fue lo del buffet chino: poca variedad, todo refrito, y a saber qué te comes (como lo que yo creí que era cerebro, cuyo sabor no ayudaba a adivinar).

El tema del tránsito en Londres es también tema aparte. Con la guía del metro te puedes perder igual, como no tengas mucha paciencia. En mantenerla no colaboran los ingleses, que van con prisas y a lo loco por todas partes. Cada vez que llegaba un tren, rugía la marabunta humana. Y el aire circulante era tan sucio que la áspera flema se tornaba a un color ‘marrón cancerígeno’.

Ante la superpoblación, los londinenses se organizan de tal manera que en las escaleras mecánicas tienes la obligación de apartarte por la derecha si por la izquierda no subes con rapidez. Por cierto, la manía que tienen de circular por la derecha no se nota mucho. También es verdad que no te dan ni tiempo para reflexionártelo.

Allí, en Londres, tienen un gran aprecio por su cultura. Después de ver postales con la cara recortada de Lady Di estaba dispuesto a ver de todo. Así que acabé por toparme con un altar en homenaje a ésta y a Dodi, junto a una copa y al anillo de compromiso, claro, en Harrods. De todas formas, transigen una gran multiculturalidad. Ya he dicho que por allí rondan chinos (tienen su propio barrio, donde venden chicles de Doraemon y cuelgan pollos en sus escaparates). Pero también circulan indios, latinos, africanos, y europeos varios.

Se trata de un ambiente que te hace sentir menos solo en tierra extraña. Pero lo es, y la diferencia idiomática es un claro ejemplo. Mi chapurreo del inglés no alcanzó a entender ni a hacerme entender. Bendito el lenguaje de los signos. ¡Ah! Que por aquellos lares tienen todo señalizado: para cruzar, look left; en el metro, mind the gap; y carteles que plagaban las calles.

Y bueno… Contestando a lo que me solieron preguntar cuando llegué de mi aventura cultural: pues sí, me gustó, pero no como para vivir. Londres es el nido del estrés, y los precios un apreciativamente altos empujan a convertirte en un cantante más de las entrañas del metro o a vender salchichas frente al Big Ben.

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