Gay por aquí, gay por allá (II)

“Chiquito gay”, por ejemplo, sería lo último que le gustaría escuchar a un homosexual. Bueno, podría ser peor y verse perseguido monte arriba por un grupo de paletos incivilizados portando palos encendidos y pinchos, al grito de “muerte a ese maricón”. Quisiera pensar que el cambio en el uso de “maricón” a “gay” es prueba de una evolución hacia la aceptación homosexual. Pero no nos engañemos con la homofobia. Este tipo de referencias sigue siendo despectivo. Aún quedan muchos paletos a los que educar.Los homosexuales que aún se resisten a quitar el pestillo del armario se agarran a la razón del “qué dirán”. En gran parte, desean que no sean señalados y apartados de lo que podríamos considerar desacertadamente ‘mundo normal’. Actitudes homófobas como las que me refiero provocan un mayor cierre de la sociedad, que sólo corre a favor de los valores arcaicos que suponía anclados en el siglo pasado.

Este hermetismo induce a una cerrazón de mente y a que esos gays sigan reprimiéndose, destruyéndose a sí mismos e incluso a los que les rodean. Solía pasar que los hombres con gustos hacia su mismo sexo se casaran con mujeres, impulsados por esa idea tradicional de construir una familia de bien. Insatisfecho él, porque quedaba amargado para toda su miserable vida; insatisfecha ella, porque aquel no puede actuar como lo que no es las 24 horas del día. Con lo cual, es imposible que satisfaga todas las necesidades de una esposa. No hablemos ya de los hijos que puedan concebir, fruto de una relación desequilibrada y donde el amor es una farsa en gran parte.

Muchos critican todavía que las parejas homosexuales puedan adoptar niños. Algunos de ellos, al menos, reconocen como una única causa que la sociedad aún no está preparada para eso, que sus futuros compañeros del colegio puedan mofarse de sus circunstancias… como hoy. Tanto niños como adultos son los que censuran a los gays. A los primeros se les podría disculpar por su ignorancia. No así a los segundos, que realmente son los responsables de que permanezcan restos poderosos de prepotencia homófoba en la sociedad, tanto por su propia postura como por la de sus hijos, a través de la educación incompetente que les transmiten.

Que el colectivo gay sea igual de visto que el colectivo de rubios o de altos depende de que se rectifique la conducta de este grupo de intolerantes, los verdaderamente desviados de todo este cuento.

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