FRIKERÍA NACIONAL: las Baby Models

Cuando parecía que el arte en Canarias no nos aguardaba nuevos engendros que mostrar en los cortes publicitarios en Telecinco, un nuevo grupejo de música ha nacido casi al mismo tiempo que sus integrantes, las Baby Models.

Éstas son cinco niñas, de entre ocho y diez años, que desde La Isleta (un barrio humilde de Las Palmas de Gran Canaria) vienen a dejarnos con los pelos de punta. Y no me refiero a ese tipo de emoción tan típico de las fiestas del santo patrón, en el que la nieta de Mariquita «La Regocijá» se sube al escenario en una exhibición de escala en hifi a cantar Madrecita María del Carmen. Esta traumática experiencia (de aquí a pocos años también para éstas cinco pichones) es mayor cuando las vemos aparecer entre los cientos de anuncios del tono, politono Opá viacé un corrá como grupo musical formal.

Créanme, ciudadanos del mundo, que la gracia canaria no debe ser identificada con las Baby Models, y mucho menos nuestra originalidad.
Su compañía de discos rizó el rizo al mezclar ideas ya cotizadas: un grupo de niños y las Spice Girls, porque desde el principio repartieron el papel a cada una para aumentar la sensación. Así, anunciadas en los carteles tenemos a la estudiosa, a la rebelde, a la coqueta, a la salvaje y a la pija (cualquier casualidad es mera coincidencia…). Van listos si esperan cosechar al menos quincuagésima parte de lo que cosechó un grupo que hoy en día está trasnochado, pasado de moda.
Aparte, no sé yo cómo será ese repertorio con las siete canciones más, pero el tema de presentación deja mucho que desear. Las Baby Models han destrozado Mi mundo sin tí (si Soraya levantara la cabeza… también de la lista de ventas). Y es que tampoco es una canción apropiada para unas niñas que no habrán hecho la comunión: «Cocínate en tu propio infierno sin mi amor. Anda, llórale a ella y trágate tu dolor«. Bueno, de todas formas, no obviemos su contexto dentro de la guardería, en el que la niña es dejada por su «novio» de la semana por otra que le tentó con un chicle de sabor a melón.

El consuelo es que el videoclip nos lo ofrecen en dosis que no llegan al medio minuto. Pero es más que suficiente: está rodado en formato fílmico, en el que en vez de aparecer las dos bandas negras aprovechan el espacio para colar fotos probablemente con papá y mamá en Reptilandia, con el manager en el estudio, con la maquilladora en el «making of» o con uno que pasaba por allí con ganas de golisnear.

En cuanto al vídeo en sí de las Baby Models, serían muchas cosas por comentar. Pero me quedo con esa coreografía tan desmedida como descoordinada. Fijaos sobre todo en la niña del extremo derecho a la hora del estribillo, en pleno ataque demoníaco. Normal que a uno le entren convulsiones ante tal atrocidad artística, de la que también son malhechoras ese cuerpo de baile que las arropa, sacado de un programa cualquiera de Roberto Herrera. No digamos de su profesora de canto, la inigualable Jessica Moredy (la Britney Spears de Santa María de Guía), que no las ha enseñado que los gallos son sólo para jugar en el corral. Primera víctima de todo este desatino es el pobre niño del video, que lo han hecho tirarse al suelo mientras las Baby Models lo humillan, o arriesgarse a coger una pulmonía en esa piscina donde luce una cara (lógicamente) de cabreo monumental.

Y nada, que no acostumbren a las Baby Models a esa limusina y a los trajes más caros de Martita Niños porque lo van a pasar mal cuando venga el protector del menor y les clausure el chiringuito que se tienen montado.

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