Eurovisión: la victoria está en el espectáculo

Así es como es. Para ganar hoy Eurovisión, el festival más popular y hortero de Europa, hay que participar como eso, robando la popularidad a la competencia por medio de una imagen y una puesta escena que sacuda y dé patadas al buen gusto. Los máximos protagonistas de años anteriores son la prueba más evidente, armados de coreografías imposibles o de vestimentas que ni siquiera aparecen en las peores pesadillas de Ágata Ruíz de la Prada.

Las barbaridades que actualmente se lucen en Eurovisión cada año no se hubieran permitido ni hace diez. Probablemente será porque no hace mucho tiempo atrás era un jurado experto el que otorgaba los votos. Descolocaría, por ejemplo, que el director de la Sinfónica Bratislava diese doce puntazos a Lordi y al resto de su manada. Desde que esa responsabilidad se traspasó a los espectadores del festival, no encontramos con un verdugo que por su heterogeneidad podría ser un perfecto desconocido. Pero una gran parte de ellos parece compartir algo en común, según parece: el interés por el puro espectáculo.

Hasta entonces, los seguidores estaban hartos de tanta melodía orquestral. Buenas voces pero cuerpos inmóviles. Ahora, con la decisión en su mano, están dispuestos a colocar en lo más alto de las votaciones a aquel país que congregue en el escenario al ejército en peso de Xena (caso de Ruslana, ganadora en 2004) o a una mujer que no hacía nada estaba vestido de hombre (caso de Marie N, ganadora en 2002).

También gusta lo absurdo, tal como se presentó el austríaco Alf Poier con sus animales de cartón en 2003, o la croata Severine en 2006, que vestida de gala se puso a pegar gritos como ‘hutz-hutz‘ con un cuerpo de baile folclórico detrás. De más estaría citar las referencias sexuales, entre muslos y pechugas que hagan recordar a qué número han de enviar el SMS para votar. Es quitarse el vestido largo y el pabellón venirse arriba.

De todas formas, la coreografía no importará en Eurovisión tanto si la canción es buena. Así pasó con los Olsen Brothers, ganadores en 2001. Pero también es verdad que, aún siendo daneses, cantaron íntegramente en inglés. Así pues, el uso de lenguas mayoritarias es otro de los aspectos claves. No digo yo de echar todo el castellano abajo, con lo RICA y HERMOSA que es nuestra lengua (como diría una de mis profesoras inmemorables), aunque es conveniente hacer un guiño lingüístico en partes repetitivas como el estribillo, para que la gente se quede con eso.

Aparte de todo esto, los amiguismos (o afinidades culturales y politicas, como queda más precioso decir) son igualmente baza importante para conseguir votos. ¿Qué decir de la ‘Alianza Nórdica’, países que se votan entre sí llevándose esta década todos los festivales? Por eso también lo llevamos mal, porque España tiene pocas fronteras y Marruecos no participa.

A pesar de que por muchos son conocidas estas claves que hago en mi crítica de Eurovisión, los responsables españoles parecen hacer oídos sordos y nos hacen representar con auténticas españoladas, que siempre se repite y que sólo nos hace gracia a nosotros (lo que Jaime Marr a un Festival cómico nacional). A ver si este año apredemos la lección, y los D’Nash aparecen con banderines en el tanga y lanzando petardos, que a los europeos les fascinan los fuegos artificiales, y si es con un toque castizo mejor que mejor.

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