Entrevista periodística: a mi abuela

Hoy entrego un trabajo más para ANÁLISIS DE LOS MENSAJES EN PERIODISMO IMPRESO. Bueno… No es uno cualquiera. Para estas fiestas, el profesor quiso ponernos a prueba y nos mandó a hacer una entrevista según los cánones periodísticos. No es sólo que yo haya tirado por lo fácil y escogiese a mi abuela para ello. Es que también me gusta tratar con ella, preguntarla sobre “lo que vino antes” de mi familia (tan diferente de la que hoy formo parte).

El resultado es un trabajo puramente sensacionalista, por su valor humano. Pero más que eso, para mí es el retrato de una de las personas más importantes de mi vida: mi abuela.

Hija, madre, esposa, abuela, trabajadora. Todo ello bien se podría compendiar en un nombre: Carmen Sánchez, mujer que ha logrado hacer frente a 92 años de penas y glorias, no sin esfuerzo y tenacidad. Y es que aunque su vida ha pasado por dos Guerras Mundiales y una Guerra Civil, su verdadera lucha pasó por ver a su familia salir adelante.

Igual la llaman “Carmita”, “mamá”, “abuela”. Todos son válidos para esta grancanaria que nos recibe en su casa del modesto barrio de Schamann, en la ciudad capitalina. Reside en una vivienda de protección oficial, de la cual no se disgusta en pensar que se la dio Franco. El salón, donde mantenemos una dinámica conversación, está plagado de fotos familiares. Así es que no hay momento en que, a cualquier lado que mire, cruce miradas con alguno de los suyos y rememore su recuerdo. Su cabeza es un álbum intacto de situaciones. Conserva una insólita memoria que le permite viajar por cualquier época, hacia las cuales nos traslada.

De su infancia colecciona no pocas situaciones, y todas la hacen sonreír. O al menos eso notamos cuando hablamos de sus primeros años: Lo pasé divinamente bien en el colegio. Nunca asistí a la gramática, porque siempre que tocaba me iba al baño, y cuando terminaba volvía y me ponía en el pupitre. Al salir por la tarde del colegio, iba con mis amigas al “terradillo”, que así lo llamábamos. Allí jugaba a las casitas formadas con piedritas chicas, y con los juguetes que los Reyes nos echaban.

Carmen se siente enorgullecida de sus raíces. Nació y creció en San Nicolás, un barrio igual de humilde que su familia. Mi padre trabajaba en la mar, y como él mis tres hermanos. Estaban hasta siete meses en Cabo Blanco. Yo, lo que hacía por aquellos años, era ir al Pilar con un caldero en la cabeza a buscar agua. De lo que más presume es de la unión entre ellos y de la educación que les inculcaron: No había en mi casa ni un pleito con mis hermanos. Con una sola mirada de mi padre nos sentábamos a comer, y hasta que él no metía la cuchara en la palangana del gofio nadie se ponía a comer. Teníamos que ponernos en el suelo, con los pies cruzados, porque éramos muchos.

No se guarda palabras para el que era su esposo, Rafael, con quien estuvo unida más de 60 años. Nunca olvidará cómo lo conoció: A los catorce años me salió un pretendiente. Era primo de una amiga mía. Lo conocí un día del Pino en la carretera de Las Rehoyas, que va para Teror. Allí solíamos ir de paseo a ver bajar los coches que venían de allá. Fue mi único novio, porque a los siete años de estar hablando nos casamos, en 1935. Al año siguiente nació su primera hija, fecha también marcada para ella por el inicio de la Guerra Civil española.

Su familia lo sintió, ya que Rafael tuvo que marchar hacia la península a formar filas. Durante años el único contacto que mantenían era a través de unas cartas, hoy perdidas. Tuve que tirarlas porque no tenía sitio donde guardarlas. Pero tuvo la suerte de verlo de regreso. Para entonces, su casa en San Nicolás no podía estar más abultada: Éramos como veintidós personas para dos habitaciones. Vivía una sobrina mía con nosotros, mis seis hijos, mi suegra, mi padre y mi madre, mi marido, que ya trabajaba de carpintero, y varias personas más. Recuerda que aquella casa, alquilada por el padre de una amiga suya del colegio, resistía en unas condiciones pésimas.

A sus 38 años se muda a su actual vivienda. Allí nacieron sus dos otras hijas. A mis hijos no les mandé nunca a una universidad porque no tenía dinero. Sólo iban los ricachos de aquí. Pero tenían educación bastante, porque los eduqué como me educaron a mí. Sin embargo, se acuerda como si hubiese sido ayer de una anécdota que supo capear: Uno de mis hijos, no sé lo que me dijo una vez, pero me hizo una regañina. Y ya estaba en la puerta de la calle cuando le digo “¡Ah!, ¿si?”. Cogí el zapato y se lo mandé. Tuvo que entrar para adentro a ponerle una tirita porque le hice sangre. Aunque estuvo llorando, le dije “eso no me lo haces tú más”. Se deja pegar una calda porque no levanta las manos para pegar a nadie. Como ella, sus hijos dejaron de estudiar pronto para poder llevar dinero a casa, unas trabajando en tiendas, otras aprendiendo a coser. Hoy son muy felices, con sus familias y algunos también con sus trabajos.

Su casa de pocos metros cuadrados se ha ido vaciando con el paso del tiempo. En unos casos porque algunos comenzaron a formar su propia familia, y en otros casos porque la vida a veces no resulta tan agradable. La muerte ha sido un mal remedio para vaciar algunas de sus pocas habitaciones. Hoy dice verse sola, aunque con una hija que le queda para su vejez.

Hacemos balance con Carmen de su vida, con la que afirma contundentemente haber sido bastante feliz. No obstante, quizás por haber llevado una vida que dice haber sido sana, se siente decepcionada con la juventud actual: No estoy acostumbrada a lo que se ve hoy. Se ve mucha droga, mucho bandido en la calle. No puede salir uno porque cuando no le tiran por el bolso le tiran por la cadena. Así es que no se puede poner uno lo que uno quiere.

A sus 92 años no le puede pedir más a la vida. No puede estar más orgullosa de su imbatibilidad a los azares de la vida. Vengo de una raza que todos han muerto de avanzada edad. Uno de mis tíos murió incluso con 105 años. Lo único que les deseo a mis nietos y a mis hijos es que lleguen a la edad mía. Hoy se encuentra en lo más alto de una larga lista de nombres que culmina con la de sus cinco bisnietos (el del sexto viene en camino). Lo único que pido es que nunca me olviden, y a mis bisnietos les digo que les pregunten a sus padres por la vida de la que fue su abuela.

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