EL MIRADOR. Cabina roja, roja, caliente

En mi viaje de tres días por Londres me encontré con montones de secuencias dignas de protagonizar un Mirador cualquiera. He escogido el interior de esta cabina (símbolo y baluarte de las maravillas londinenses) por su contenido. Áltamente explícita es su publicidad, nada engañosa, en el que bellas y siliconadas señoritas enseñan muslo y pechuga.

Éstas hijas de la Gran Bretaña ilustran, como podemos apreciar, campañas numéricas ofreciendo entretenimiento a aquel que se adentre en una de estas cabinas, y no tenga nada mejor que hacer que llamar a Tiffany o a Ashley para preguntarles qué tal les va por esos mundos de Dios (y de paso, que se toquen una teta).

Me parece muy mal que luego la policía inglesa ponga escollos a estas relaciones entregadas al cariño, y se metan en las cabinas para quitar los panfletos. Encima he observado que cometen tamaña fechoría con guantes, como vulgares delincuentes, porque son conscientes que lo que hacen es una salvajada: privar a los británicos de un rato de euforia. Con razón luego vienen a las islas buscando el plátano canario…

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