14 de febrero. Ni te cases ni te embarques

Y llegó el Día de los Enamorados, el 14 de febrero, ese día en el que parece que es el único del año en que se demuestra el amor con regalos y demás chucherías. De todas formas, no es un día tan sacado de la manga. Escribiendo este artículo me asaltó la cuestión de cómo apareció ese fenómeno: Por lo visto, todo parte de una de esas fiestorras romanas de sexo y guarradas varias, en la que lo menos fuerte que hacían era la posición del “aspa de molino”. ¿Qué ha pasado entonces para que la festividad decaiga en algo tan soso y puramente comercial? Todo pasa por la Iglesia cristiana, cómo no…

En verdad, en la Antigua Roma existía un rito que consistía en introducir en una caja ciertas prendas con el nombre de las adolescentes, y hacer que los muchachos a su turno metieran la mano en el cajón y sacaran la prenda de la que sería su compañera de diversión a lo largo del año. A pesar de que de este acto se derivaría el matrimonio, en el año 270 d.C. el emperador romano prohibió estos lances, porque los casados se negaban a ir a la guerra (porque mirad que las fronteras del Imperio eran más difíciles de proteger que las de Asia en el Risk, que no es poco).

Fue entonces cuando el obispo Valentín decidió oponerse, casando de manera clandestina a cuantos quisieran contraer matrimonio. Una vez descubierto, el emperador ordenó que lo apalearan, apedrearan y decapitaran (por si no tuviera ya bastante, el pobre angelito). 200 años después, el Papa Gelasio lo proclama “Patrón de los Enamorados”.

Y bueno… el origen de San Valentín y del Día de los Enamorados viene a ser eso. La otra mitad de la historia se la debemos a El Corte Inglés y a las tiendas de baratijas que le han seguido el juego cada 14 de febrero. Y claro, los enamorados, tontos por naturaleza, se dejan llevar y se gastan los cuartos para hacer ver que ama a su pareja. Y ésta, por su parte, víctima también del engaño comercial, toma una actitud violenta si ve que pasa el día sin recibir un presente.

Ese es otro factor que agrede al maniatado comportamiento del ser humano contemporáneo. Luego, encima, hace sentir mal a aquellos que no tienen a quien regalar por falta de cariño. ¡Tiene cojones la cosa! Que conste que no lo digo por mí, que soy un mero observador de la vida. Con quererme a mí tengo bastante.

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