REVIÚ de “Más allá de los sueños”
Ilógica. Esa fue la palabra que anduve repitiendo incesantemente (y con toda la razón) al salir de la sala de cine. Ya andaba advertido con que Más allá de los sueños, la terrible experiencia de Adam Sandler con la factoría Disney, iba a tener muchos tintes infantiles. Pero una película puede ser para niños, con un argumento propiamente fantasioso e irreal, y no contener tramas y escenas carentes de sentido. No es el caso.
La historia tampoco es que sea la leche, incluso me suena de que alguna serie u otra película haya utilizado ese recurso, el de que unas determinadas personas dicen algo por decir y se hace realidad. Al cargo del personaje de Adam Sandler (que cada vez le da por hacer papeles más ordinarios) están sus pequeños sobrinos, a quienes cuenta cuentos cuando se van a dormir. Dichos cuentos se ilustran con efectos especiales y notas de humor muy simples. Al día siguiente, a Skeeter Bronson (o sea, a Sandler) le sucede aquello que los niños habían añadido a la historia comenzada por éste. Así que se aprovecha de ello para fomentar sus intereses personales, cosa que no consigue del todo pero que da lugar a calamidades que suponen divertidas para el espectador.
Bueno, aunque la trama heroica del tío y la historia de amor final con aquella chica que le tenía asco a él las puedo consentir (recuerdo, es de Disney), no paso sin embargo aquellas desviaciones del guión cuyo abominable fin es la de potenciar la felicidad del público (lo que me hace sospechar que se nos trata como imbéciles). Por ejemplo, que uno de los niños acabe el cuento con que el protagonista acabe vapuleado por un enano furioso, y que al rato a Skeeter le venga ese enano a pisarle el pie simplemente porque está furioso.
Lo peor: el final. Tampoco es cuestión de contarlo, aunque todavía es más cruel que después de todo vayáis a ver la película. Pero he de decir que el cómo acaba el personaje de Sandler (que a saber de dónde ha sacado el montante para ser dueño y propietario), el de la rubia ‘parística-hilton’ (tan sofisticada que era y se lía con… cuán es difícil morderse la lengua) o el del padre fóbico (que olvida lo millonario que es para dedicarse a actividades samaritanas), son desenlaces que sólo se le puede ocurrir a uno friendo churros.
Pensé que lo de Harry Potter era un fenómeno que difícilmente se podía repetir. Pero, mira, no ha concluído aún la saga cinematográfica y ya presenciamos una situación de características similares. Me refiero a Crepúsculo, en origen una novela de Stephanie Meyer, que para ser su ópera prima y a la vez convertirse en un best seller, pues no está mal. La obra fue publicada en 2005. Desde entonces, la autora ha ido desarrollando la historia en siguientes libros, uno por año. Pero, claro, ya sabemos cómo es la gente, que hasta que no saquen la película no se produce el auténtico revuelo social, especialmente entre las adolescentes y en las redacciones de Bravo o Loka…
Mmm… Por ahí habrá alguno que mantenía la fe de que mi frikismo no llegaba a niveles alarmistas. Por favor, que vuelvan a leer el título de este artículo. Sí, se trata de una revisión eurovisiva de las mías y, como de aquí al próximo Festival aún queda cacho, pues vamos a aprovechar lo que el pasado nos ha dejado. He decidido escoger la 25º edición del concurso por eso mismo, por la conmemoración del cuarto de siglo (ay, y pensar que ahora vamos a por la 54º…), amén de otras características que comenzamos a desentrañar a partir de, ¡ya!

Hace bastante ya que no me dedicaba a hacer una crítica cinematográfica. Es que no ha habido ocasión en el que una película me tupiese el estómago o me hiciese pensar hasta la conmoción, hasta ahora. Get Real es una película británica de fines de siglo, que no significa que sea una comedia romántica con canciones interpretadas por Hugh Grant. Más bien se trata de un film, dirigido por Simon Shore, fuera de los circuitos puramente comerciales, y es por eso por lo que ensalza los valores protagonistas sin carne ni efectos incoherentes de por medio.
