No se considere este artículo como vulgar secuela de aquel sí clásico de este blog (hete aquí), a pesar del título subversivo, que no es más que un homenaje. No volveré a hablar de las últimas tendencias en trajes típicos, que por esos lares llaman ‘de magos’. A menos, sí, siguen combinándose con la temporada reciente en gafas de sol Versace y con los zapatos que acaban de llegar a Springfield o Blanco.
En esta ocasión quiero hablar de la romería en sí, eso que sucede al mediodía entre gritos y aplausos hasta que, una vez pasado, los recuerdos se hacen más borrosos (según los grados de la copa). El acto comienza con el baile de los herreños tan característico. Muchos se olvidan que se trata de una ofrenda a San Marcos y que, a pesar de ser el que después encabeza la cabalgata, es el que más pasa desapercibido. Ni las calles se han llenado aún, ni los que están han percibido el olor a incienso frente a las ganas de que pasen ya los carros que vienen detrás, cargados de condumios y vino.
En efecto, un número que no recuerdo de carrozas recorren la calle de Prebendado Pacheco, repartiendo lo que en principio se consideran productos típicos: papas sancochadas, pinchitos de carne, pan con chorizo, pellas de gofio… (mucho más considerados que los Reyes Magos, porque uno no se puede alimentar sólo de caramelos). Pero quien quiere algo, algo le cuesta, y tiene que pagar por ello. Hay que ir entrenados para coger las cosas al vuelo, a menos que lancen a discreción un huevo sancochado en toda la cabeza (también es verdad que no se pueden dejar a niños al frente de este cometido, que con las travesuras que gastan, las intenciones de fastidiar al público son más que probables). También hay quienes reparten palomitas, roscas, cotufas, florecillas de millo o cualquier otra patujada denominativa. Y es, precisamente, lo que menos rescatan del suelo ya que la boca pide algo con más nivel. (más…)