A la búsqueda de Madrid (II)

Hecho un repaso al lado teórico de búsqueda de pisos por Madrid, veamos qué tal la práctica. Aquellos días finales de septiembre fueron un tanto vertiginosos. Hay más ofertas de pisos por esa época, vale. Pero muchos más demandantes (entre la apertura escolar y la creciente demanda de trabajo), y de ello también se aprovechan algunos de sus inquilinos o propietarios. O bien suben el precio, o bien someten a los interesados a rigurosas pruebas de casting, o bien las dos cosas. Veamos qué hicieron conmigo:
Estando aún en el aeropuerto hice mis primeras llamadas y quedar a ver los pisos al día siguiente. Me basé en ese cuadrante de datos (recogidos de los portales de búsqueda) que yo había hecho, primando la relación precio-cercanía al centro. Por desgracia, algunas de las ofertas más apetitosas ya habían sido ocupadas. Al finalizar el día tenía cuatro citas previstas y ninguna de ellas me terminaba de contentar. Pero habría que ver los pisos directamente y ya veríamos…
Como me temí, el primer piso era a compartir ¡con su propietaria!, una anciana muy desenvuelta que tenía toda la casa oliendo a pimientos fritos. La decoración era barroca, no por su estilo recargado (que también) sino porque el mismísimo Conde-Duque de Olivares podría vivir allí todavía. Parecía que el siglo XVII se había detenido en aquella casa. Tanta prisa tenía por salir huyendo que incluso entré en el cuarto de la anciana, pensando que era la salida. Pero por cortesía le dije que ya la llamaría si eso…
El segundo piso estaba en el otro extremo del centro madrileño, por las Ventas. Se trataba de un caso ‘plátano maduro’: bonito por fuera y podrido por dentro. La casera, que iba ‘atuendada’ con un estilo entre Leticia Sabater y Sara Montiel, me enseñó una casa que perfectamente podría ser declarada patrimonio artístico. Era una especie de museo de Art Decó pero sin cuidar. Otra cosa eran las habitaciones que, aunque con baño propio, parecían haber dado cobijo a una ingesta de vagabundos. Sólo faltaban los colchones quemados.
Parecía que no podría encontrarme con nada peor, pero… Que no, que no. Los demás sitios que vi sí que subieron el listón a los anteriores, aunque no demasiado. El tercer piso parecía ser una comuna hippie (no es que tenga nada en contra, pero me gusta un ambiente más moderno); el cuarto, detrás de la Gran Vía, daba la impresión de haber sido importada piedra a piedra desde Chechenia: apenas había luz y el vestíbulo estaba con las losetas arrancadas. Las inquilinas, algo ’subiditas’ ellas, me hicieron apuntar mis datos en una lista sin preguntarme si quería quedarme con el cuarto y tal… Mientras, la casera del primer piso me llamaba varias veces (tendría que haberme ‘equivocado’ en un número al dárselo) insistiendo en que me fuese a vivir con ella, que podría rebajar el precio. Y yo, “que no es eso, son otros factores”.
En cuanto al quinto piso, la oferta era el propio paradigma de “anuncio escueto que no convence de nada” pero que cuando lo ves dices “uy, cómo mola”. Los compañeros se presentaban como los más majetes y el estado del piso era superior. No obstante, pedían aval y tendría que esperar varios días a trasladarme hasta que diese fin la rueda de mudanzas entre ellos. Descripción totalmente contraria fue la del sexto piso: aunque muchísimo más céntrico, a la habitación le habían arrancado un tabique y dejaron las marcas tal cual, y el inquilino apuntó mi nombre ¡con V!
En efecto, le dije que me interesaba, cosa de la que me arrepentiría luego (yo soy así). Pero es que estaba cansado de ver pisos y era mi último día en la pensión (que no se pagaba sola). Pero ni me llamaron, cosa que agradezco. De todas maneras, cuando estaba a punto de buscar fuera de mi límite geográfico preferente, pasé de camino por un ‘piso’ que no me convencía en principio, pero que al verlo me maravilló. Y aquí estoy ahora, en un sótano al lado de La Almudena. A ver cuánto aguanto…
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