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Un día en la grabación de “UAU”

UAU, con Santi Millán

La otra cara de la moneda, acerca de aquel día de grabaciones que cundió en Madrid, es UAU. Y es la cruz, no por la experiencia, que en ciertos aspectos le sacó ventaja a Aída. Es que el late night de Cuatro es una cruz en sí misma, un programa intragable que como público en vivo sólo se es capaz de hacer disfrutar aunque sea una mijita.

Yo ya iba a la grabación del programa (que se enlata poco antes de su emisión en antena) con la peor idea. Había visto una de sus ediciones en Play Cuatro y me había decepcionado, sobre todo por la conducción ególatra de su conductor, Santi Millán. Pero comencé a tener esperanzas por el buen gesto de UAU, que llevaba y traía al público desde la parada de metro Colina Jardín hasta el polígono de Boadilla. Pensé: “típico de una cadena, que tiene su central de platós donde Cristo perdió el móvil”. Pero no. El programa está por allí perdido, solo, y encima encubierto dentro de una nave de Telefónica.

Las azafatas de plató recibían al público con una declaración que debía de firmar para la cesión de imagen (por si a Millán & Cía. les daba por hacer alguna gracieta malparada en las gradas), y una tarjeta en la que podíamos escribir una pregunta a la invitada de la noche. Ya nos habíamos enterado previamente de que se trataba de Paz Padilla, lo que nos había restado los ánimos.

Después, las mismas nos condujeron hasta ¡un garaje! donde nos obsequiaron con unas botellas de agua y unos bocadillos ‘chiclosos’ con una loncha semigruesa de bacon y… un empaste rojo que no sabía si era tomate, pero que me quería comer lo antes posible para no pararme a pensarlo. Tanto sobró y tan descuidado dejaron el garaje, que algunos fuimos a birlar unas botellitas más.

Pues nada, una hora en la calle esperando y por fin nos hicieron pasar. A nosotros nos sentaron en primera fila, en la grada derecha al presentador. Nos sentimos privilegiados, y dábamos por seguro que las cámaras nos amarían toda la noche. Era el equipo técnico y no las azafatas, que estaban medio amuermadas, quienes nos conducían como pasto de ganado hacia los asientos e insistían en apretujarnos por hacer cabida.

Fue de la mano de éstos por quienes disfrutamos del tradicional pre-show que calentase al público. El regidor estuvo bien simpático y estuvo acompañado por otro de sus compañeros (Marcos Más, grande) y de Antonio Castelo, colaborador en la mesa de Millán. Con los primeros vivimos una carrera de Moonwalkers bastante simpática; el segundo interactuó con el público haciendo la típica gracia del micrófono distorsionado, poniendo voz de pito a todos los que preguntaba. Quién nos iba a decir que sería esta parte lo más interesante del programa…

La aparición del anfitrión fue espeluznante. Ni él nos quiso por desapegado ni nosotros a él por el desengaño. Se adelantó a la grabación para rodar un cebo de cara al día siguiente. El artista que realmente abrió el programa fue la propia Paz Padilla, disfrazada de éste e imitándolo. Todo fueron atenciones para la grada izquierda, mientras que a los de la derecha sólo se nos vería el cogote cuando la cámara volaba desde atrás entre pausa y pausa en el plató. Me vi tan decepcionado que levanté el brazo para que al menos se me viese un cacho, y al menos tener la oportunidad de que reconociesen mi reloj por la calle.

A partir de ahí, UAU fue todo un despropósito: chistes malos, gags hechos sin pensar, abuso de videos internáuticos, desprecio de las preguntas que escribimos para Paz (sólo se utilizaron dos o tres, y camuflados como propias de la redacción en un sketch), conducción temeraria la de Millán que está visto que no supo callar a Paz Padilla… De hecho, la dejó tanto hablar que soltó una burla a la difunta madre del Rey y el presentador no pudo más que reprendérselo. Aposté a que lo censurarían, pero luego lo vi mantenido en el portal (al comentario desafortunado y a mi brazo).

Mientras, la ayudante de dirección estaba que se comía a alguien que estornudara, mínimo. También era normal, porque había un sector del público (algo ‘kinkillo’) que no paraba quieto. Creo que a la entrada vieron muchas luces y se metieron creyendo que era el Pachá Ibiza. De todas formas, la ayudante de dirección también tenía sus momentos de diversión, porque a veces era la única que se lo pasaba pipa riéndose de los ¿chistes?

Podríamos decir que aquella grabación era muy de andar por casa: en un parón publicitario para el descanso, una de las azafatas corría entre las gradas pidiendo támpax. Creí entender que se pasó por el polígono una amiga suya que se iba de vacaciones y no le daba tiempo de ir al súper, así que le pidió ayuda fémina. No se conformó con pedir uno, sino que al final acabó con una colección de tampones de formas dispares. Hacía mucho que no presenciaba escena tan cutre.

El tiempo muerto también sirvió para ir al baño. Una compañera y yo fuimos juntos, y nos indicaron (o entendimos) tan mal que bajamos por el garage (cuando en realidad estaba a la entrada del plató). Nos metimos por una sala que resultó donde había un hombre solitario, cual Sloth marginado por su familia. Mi compañera se detuvo a preguntar pero quise ir al fondo de la cuestión y avancé por los restos del decorado. Tamaña sorpresa me llevé al toparme con una estantería repleta de cráneos humanos. Aquello ya no era UAU, sino el inicio de una nueva película de Sam Raimi. Me cagué patas’ abajo… por supuesto, una vez encontré los servicios.

Termina el programa y, como te descuides, te dejan dentro porque éstos no tardaron en apagar la luz del escenario. A media oscuras pillamos a Jorge Salvador, cuya productora (7yAcción) es responsable de UAU. Vamos, una mancha en su inefable carrera. El encargado de sonido tan reclamado por Boris en Crónicas Marcianas se dejó hacer la foto con mucha amabilidad. El mayor y más grande recuerdo de esta experiencia a aquel lado del polígono.

Archivado en: Televisionado, Empirilidades
10 Mayo 2010
17:58
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