Los guionistas no son menos que nadie

El mundo no se equivoca. Es que el mundo está siendo engañado por una industria audiovisual que menosprecia a los guionistas y que diviniza a los directores. La mayoría se molesta más por saber quién conforma el reparto o quién es el director antes de ir al cine (el ‘star system‘ causa estragos). Luego, claro, salen de la sala echándoles la culpa a los guionistas porque la película era mala, malísima. Y ahí sí que se acuerdan de ellos. Injusticias que derrocha la vida con desdén… Háblenlo con los profesionales del sector, que maldito aquél que niegue el valor primordial de un guión:
Como he querido decir, parece ser que un señor de a pié no sería capaz de decir el nombre de algún célebre guionista. Sí los hay, sí. Claros ejemplos son los gurús norteamericanos Syd Field, Lynda Seger o Robert McKee. No obstante, mi cajera del Mercadona no sabe quiénes son. En cambio, seguro que sabe citar de carrerilla al menos tres películas interpretadas por Leonardo DiCaprio o tres dirigidas por Pedro Almodóvar. Las circunstancias han hecho que las grandes referencias en los noticieros y los flashes sólo vayan detrás de los actores y directores, encima, cuando éstos últimos no aparecen ni por delante de la cámara.
Volvamos a ese señor de a pié que no se da cuenta de cuán importante es un guión (bien trabajado) para que una película sea mínimamente buena (para superar ese mínimo ya harían falta otros condicionantes, esencialmente el casting y la dirección). Esto, a menos que se siente en lo alto de una sierra a reflexionar sobre la vida, o bien que vaya a una conferencia donde se hable de ello. Si va a una de Valentín Fernández-Tubau, le dirá que un guión no sólo es la base de todo largometraje. Es más, se trata de “la piedra angular que provoca la existencia de todo el mundo audiovisual”, dice este guionista, actor, psicólogo y otras tantas cosas. Vamos, un guión es como el Génesis bíblico: sin él no hay creación que se sostenga.
Entonces, tenemos que el guionista es el autor primigenio de toda obra audiovisual, como así se expresa Tomás Rosón, abogado de la Asociación de Guionistas ALMA (Autores Literarios de Medios Audiovisuales). A partir de ella se mueven los demás elementos, sean los que sean, para darle tal forma para que sea consumida en las pantallas. Así, según Rosón, el creador visual de esa obra sería ya atribuible al director.
Al hilo de esto, en palabras del director y guionista español Roberto Santiago (El penalti más largo del mundo, 2005; Al final del camino, 2009), el guión es “la pieza para que otros terminen de contar la historia”. Es más, “una película es obra de creación colectiva. Si hay un autor, ese es el guionista”, de forma que Santiago le concede un 50% de esa responsabilidad. En un guión quedan plasmados los personajes, sus traumas, sus tramas… que luego serán cincelados y expresados bajo la mirada de un director y de su equipo.
Por su parte, el director y guionista Carlos Theron (La ley de Murphy, 2000; Impávido, 2007) sintetiza todo este proceso creativo en: “se piensa, se escribe, se rueda, se hace (montaje)”, atribuyéndole a la parte concerniente del guión un valor incuestionable. Por lo tanto, tampoco quiero desmerecer el trabajo de los demás autores. Incluso, ese trabajo posterior que se hace desde una sala de montaje puede llegar a mejorar (o a salvar) la obra audiovisual, más de lo que el guionista y director tenían previsto.
Creo que ya, a estas alturas que llevamos de artículo, ha quedado más que suficientemente demostrado la importancia del guionista en todo esto. Eso sí, todos dependen unos de otros, del material que aporte cada cual: ya puede hacer un buen guionista la mejor historia de su vida, que un mal director la puede chafar y convertirla en un fiasco, o a la inversa. Pero, por favor, que nadie piense que el papel del guionista es menos que la de un director.
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