Pequeña Ávila, gran encanto
No nos engañemos: un día en Ávila es un día perdido. Suena mal, pero es lo único que tiene de mal esta ciudad de Castilla y León. Tiene tan poco, que en una mañana y media tarde se ve lo más imprescindible, y hasta da tiempo por pasar delante de cada cosa unas cuatro veces. También es cierto que cuando la visité era domingo y muchas cosas estaban cerradas. De todas formas, concentra dentro y fuera de sus murallas excelentes maravillas históricas, cada una con su propia historia que no estaría mal repasar en el siguiente reportaje fotográfico:
En la cabecera de esta entrada ya vimos las famosas murallas, construidas por el pueblo abulense entre los siglos XI y XVI. En intramuros se reúne las más relevantes edificaciones, la mayoría de ellas de estilo románico (pleno medievo). Entrando por la Puerta de la Catedral, de Los Leales o Del Peso de La Harina (una de las puertas principales de la muralla) nos topamos de primeras con la Catedral del Salvador (foto de la izquierda), cuyas últimas trazas se consideran las primeras del gótico español. Su interior está actualmente cerrado por obras, y encima cobran buenas perras para entrar.
Al ser una ciudad medieval, no dispone de una plaza mayor moderna con los dos poderes uno enfrente del otro. Tanto que hemos de avanzar hasta el centro de la urbe amurallada para llegar hasta el ayuntamiento (foto inferior), localizada en lo que se llama el Mercado Chico, donde regularmente se organizan pequeños mercados. Allí se sitúa además la pastelería Iselma, que es la que hace las yemas de Santa Teresa más populares. Aparte de que son carillas y pegajosas, igualmente están buenas:
Llegamos a la Mansión de los Deanes, donde actualmente queda albergado el Museo Provincial. En verdad, la vida intramuros es apenas residencial, ya que los palacetes son hoy en día sedes institucionales, si no hoteles o museos. En concreto, visualizamos aquí el Torreón de Los Guzmanes. No se ve la plaza en sí, dedicada a San Juan de La Cruz, discípulo de Santa Teresa:
Esta parte de Ávila puede ser conocida también como “Santa Teresa’s City”, porque la fama de esta dominica (que supongo que al menos de algo os suena) es aprovechada para hacer caja. Sobre todo esa tienda de souvenirs que está a mano derecha, donde se halla el dedo de la religiosa con su anillo y todo, entre otras reliquias (suela de zapato, trozos de ropa, documentos firmados…). Enfrente está el Convento de Santa Teresa, donde la dominica cuenta con su cuarto-capilla propia y con un ‘huerto’ donde se suponía que jugaba con su hermano, abierto al público a modo de atracción:
Ávila no sólo presume de historia románica y religiosa. En esta ciudad se asentaron los vetones, un pueblo prerromano que se dedicaron a dejar verracos como éste allá por donde pasaran. Se tratan de figuras de piedra que representan de seguro al ganado. Su finalidad no se sabe, si bien puede ser para delimitar terrenos, o bien tienen un componente místico o religioso:
Ya, extramuros, también encontramos otras edificaciones que merecen ser visitadas. En la Plaza del Mercado Grande (también conocida como El Grande o Santa Teresa, sí, otro sitio dedicada a ella), que es ésta de la imagen, se encuentra de fondo la Iglesia de San Pedro, construida a partir del año 1100, aproximadamente:
Justo enfrente a esta plaza se halla una de las nueve puertas de la Muralla, la Puerta del Alcázar. Queda conformada por dos de los 88 torreones, unidos por un puente que reforzó la defensa del acceso. Desde él se podían colocar los antiguos defensores y tirar aceite hirviendo a quien osara entrar sin permiso, desde un agujero en el propio puente:
Permanecemos ya fuera de la Muralla, casi en el punto desde el que partimos, para quedarnos a ver la Basílica de San Vicente, declarado Monumento Nacional desde 1882. Y no es de extrañar, porque se trata de una de las obras románicas más destacadas del país. De su interior destaca el Cenotafio de los Santos Hermanos Mártires, todo muy policromado:
Permítanme pararme en esta Basílica, porque su portada occidental me dejó vislumbrado. Es uno de esos típicos románicos en los que se integran las esculturas de muchas figuras simbólicas, como se puede apreciar: posee cinco arquivoltas llenada de hombres y mujeres con actitudes extrañas, y un tímpano dividido en dos que representan la vida de Lázaro. En el parteluz (que divide la entrada) se encuentra Cristo y, a cada lado, los diez Apóstoles.
Terminamos la visita echando los ojos sobre la propia ciudad, extendida más allá del epicentro histórico donde empezó su historia. En efecto, certificamos pues que Ávila, declarada por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, es la ciudad “de cantos y de santos”, incluso como decía el literato Azorín, que era “quizá la ciudad más ‘siglo XVI’ de España”.










8 Marzo, 2010 a las 17:35
Ávila es… ¡Algo pequeñito! Uououo ¡Algo chiqutito! Uououo…
PD Esa canción me tiene absorbido el seso
PD2 Que vida te estás pegando cabrón..
9 Marzo, 2010 a las 19:43
Ay, Nikito… Al final te has dejado embrujar por un tema eurovisivo. Si después de que ganasen los de ‘Hard Rock Alleluyah’ ya nada ha vuelto a ser lo mismo para tí.
PD. Pues no te creas, que en un mes he viajado todo lo que no he viajado en los meses que llevo ‘peninsuleando’…