Oporto, más que la tierra del vino
Ya estamos en Oporto, o como descubriría en este viaje de dos días, en Porto (el ‘O’ delantero es el artículo portugués). Iba con la ilusión de cruzar el país, no tanto porque se tratase de Portugal. Lo cierto es que nunca antes me habían atraído las tierras lusitanas. Las veía tan poco turísticas, con tan poco que enseñar que resultase interesante… Pero hay que viajar y estar allí para saber que uno se equivoca. Porto es una ciudad ciertamente pequeña, pero condensa una multitud de maravillas que, si me acompañáis después del ‘leer más’, también descubriréis.
Frío, viento y lluvia. Muy bonito cuando se está en casa bajo la mantita, y no tanto cuando se llega a las 5.30 horas de la mañana y la entrada al hostal que has reservado no es hasta las 12. Pudimos comprobar que refugiarnos en un portal de mármol no es buena idea para calentarse, así que dimos gracias a que allí sí que se mantienen aquellas cabinas telefónicas cubiertas. Fue lo más cerca que estuvimos del Palacio de Cristal, que no llegaríamos a visitar por tiempo. La ruta comenzaría una vez dejadas las mochilas en consigna, y empezar a caminar por la Praça Gomes Teixeira, donde se sitúa la Iglesia del Carmo, el primer monumento ante nuestros ojos.
En la misma plaza está la Facultad de Ciencias de la Universidad de Oporto. Eso lo sé ahora gracias al Google Maps, ya que por más que hociqueamos no encontramos un letrerito y pensamos que se trataba del Rectorado. Lo que sí teníamos claro es que lo que había una calle más abajo era la Torre dos Clérigos, que hasta salía hasta como icono independiente en el mapa con el que luego nos hicimos.
Perdón por este lapso horario, será cosa del jet lag (una hora menos que en la España peninsular, ¡a pesar de estar en la misma posición que Galicia!), pero la Avenida dos Aliados de noche también tiene su encanto. Al fondo, la Cámara Municipal o Ayuntamiento de Porto, aunque lo que más me llamó la atención fue el McDonald’s con aquel pajarraco metálico sobre el logotipo, que parecía una nueva colonia franquista. Ese día se celebraban los carnavales, y en esa avenida se hallaba la feria con sus churrerías ‘a la espanhola’.
La Estación Sao Bento es otro de los lugares de visita. Aunque no vayamos a coger el tren, hemos de entrar al menos al vestíbulo, decorado con azulejos que narran algunos pasajes de la historia del país.
Sí, sí. Estáis en lo cierto. Los portuenses son muy dados a los azulejos. Parece el elemento imprescindible de muchas de sus edificaciones. Algunas fachadas guardan dibujos en azul, como ésta, la Capilla de las Almas en la Rua Catarina (de las más comerciales) mientras que otras, más civiles, optan por azulejos más decorativos, de distintos colores y formas. Parece lo más ideal para entretenernos cuando quedamos con alguien y nos hacen esperar.
Ay, Catedral de Sé… Es una construcción del siglo XVI, pero parece más antigua. Quizás la humedad tenga la culpa. En cualquier caso, desde su perímetro tuvimos quizás las mejores vistas de este viaje, en cuanto al casco histórico se refiere (y terminaremos este artículo con una de ellas). Desde la Catedral bajamos hasta el río, atravesando algunas favelas con ese encanto popular especial. Eso sí, un olor a cagada de paloma que echa para atrás.
Llegamos al Palacio de La Bolsa, declarado monumento nacional y que ya se nos pintaba como una de las mayores atracciones por el canal de audio del Yellow Bus. Una de las primeras cosas que hicimos en Oporto fue comprar el billete de 12€ que incluye tres recorridos diferentes en la guagua turística (el histórico, el mejor; la de los puentes, menos mejor; y la de los castillos, que sólo se ven tres y el viajecito se hace cansino), así como viajes gratis en la compañía STCP de autobuses durante 24 horas, y que utilizamos para ir a El Corte Inglés de Vilanova de Gaia.
El máximo referente de Porto es el puente de Luis I, que además cuenta con dos niveles de paso (el superior corresponde a las vías de tren), uniendo así el casco histórico con la zona más nueva. Por la ribera del río Douro (que así se llama en portugués el Duero) se extienden fábricas de vinos, museos, muelles, restaurantes turísticos y tiendas de souvenirs para hartarse. Por eso, cuidado con la vieja que atiende uno de ellos, que cuando nos vio no se despegó diciéndonos “panos, panos, panos” para que le comprásemos uno.
Lo que más me daba curiosidad por ver era cómo es la desembocadura de un río, que de pronto pase a verde revuelto a un azul mar. De azul, muy poco, y encima la marea estaba como para acercarse y te arrastre hasta Cuba, que es lo que hay ya más próximo. Eso sí, gaviotas habían por todas partes, unas viandantes más de la ciudad de Porto, que bien nos la encontramos vigilando a unas palomas sobre un banco, bien delante de unas bragas de tamaño XXXXL fundiéndose con el morboso paisaje.Hasta aquí llegamos montados en uno de los antiguos tranvías, queera el despelote: para tocar el timbre había que tensar una cuerda, se impulsaba el automóvil con una manivela, y los ruidos de la marcha eran un ‘chunda-chunda’ que ni los del Pachá. Pero fue un vieje en el tiempo… salvo por la máquina automática de validación de billetes.
Y, como anuncié, hete aquí una de las vistas generales que da de sí desde la Catedral de Sé, y muy maravillosa. En un solo ojo podemos apreciar varios de sus monumentos, así como sus casas y calles, tan populares y humildes, como su gente, que allá por donde íbamos nos trataron con bastante amabilidad (salvo en una de las cafeterías Buondi, donde sólo les faltó echarnos la francesinha a la cara y pincharnos con el tenedor). No supuso tan problemático eso del idioma, porque leyendo pudimos llegar hasta el fin del mundo. Pero luego, con ese tono tan cerrado con el que hablan, mmm… Sin embargo, generalmente nos dirigíamos en castellano y nos entendían perfectamente. No es de locos pensar en volver a esta ciudad, grande porque lo merece.











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