“Perdidos” de la impaciencia

¡SPOILER! ¡SPOILER! ¡SPOILER! Bien, ahora que he ahuyentado a los fans de Perdidos con la palabra maldita, ya puedo empezar a hablar de ellos sin que me acribillen por lo que pueda decir. Pero, coño, es que es verdad, están más locos que sus guionistas. Tengo que decir que soy seguidor de esta serie estadounidense (a camino de convertirse en universal), pero llego a un límite en que no la veo entera tres veces en un año, no la convierto en mi tema principal de conversación, o no la saco a relucir en mi estado de Facebook tres o cuatro veces al día.
Esta noche se estrena en Cuatro los dos primeros episodios de la temporada final, cuando esos fans incondicionales habrán visto ya los cinco primeros minutos promocionales de FOX, la grabación screener tomada del pase especial de la fiesta en Hawaii, los ripeados de su estreno en USA… Y eso sin contar las veces que habrán visto cada uno de esos videos, amén de volverse a tragar la serie completa como ‘calentamiento’ a la temporada final.
Mientras, yo, que soy seguidor (permitidme ahora este párrafo egocéntrico de autoanálisis), aguanto estoicamente y con cierta actitud indiferente ante su estreno en cualquiera de los canales. Tampoco es que mi vida penda de ello, ni con Perdidos ni con cualquier otro programa. Quizás en anteriores momentos de mi vida sí, cuando la televisión era mi mejor amiga entonces. También hay quien me diga que soy fan de otras cosas. Pero tampoco tanto, porque soy algo pasota con un poco de todo.
Está claro que Perdidos es un icono social, al estilo de La Guerra de Las Galaxias (sólo que disfrazarse de John Locke pasa más desapercibido que ir de la Princesa Amidala). Todo lo que se habla de la serie, que si lo escuchamos aquí y allá, es gracias a ese grupo de admiradores. Porque, por el contrario, la audiencia incluso en el comienzo de esta última temporada sólo registró poco más de la mitad que la de sus inicios (el 6×01 obtuvo 12.430.000 de espectadores en Norteamérica, mientras que el 2×01 llegó casi a los 24 millones). Esto es que la serie ha ido derivando en incoherencias, desbarajustes, nocturnidad, alevosidad y otras ilegalidades morales.
Pero pase lo que pase, aunque al final se descubra que Locke era realmente un cocotero que cuenta historias de un avión que se estrella, la leyenda ya es inherente a Perdidos. O Lost, como le llaman últimamente, acostumbrados a ver la serie original al día siguiente de su estreno americano, que ni aguantan la semana de diferencia con respecto al pase español por ver cómo se cierran las incógnitas y se abren (¡qué pesadez!) otras.
11 Febrero, 2010 a las 11:25
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