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T4, te odio

T4, Aeropuerto de Barajas

Ya decían que la Terminal 4 del Aeropuerto de Barajas venía con gafe de serie. El pasado lunes 21 Madrid amaneció completamente blanco, como blancas se pusieron las caras de los viajeros al terminar el día. Cuánto daño pueden hacer 5 centímetros de nieve sobre el suelo: cancelaciones de vuelos, pérdidas de maletas, colas interminables, gritos y agitaciones masivas, carreras fatigosas de un extremo al otro de la terminal, y el McDonald’s que hizo su agosto. Esta es la narración de alguien que lo vivió 24 horas, base perfecta para hacer una película de catástrofes:

Mi drama personal e intransferible comenzó antes de llegar a Barajas, sobre la 9.30 de la mañana. La guagua en la que iba sufrió una hora de atasco. “Es Madrid. De qué me voy a asustar si es una estampa habitual”, pensé, iluso de mí. Por suerte, iba con dos horas de ventaja antes de que saliese mi vuelo. No obstante, mi alivio sufriría otro revés: las enroscadísimas colas en los mostradores de Iberia, ya en la T4.

No quería liarme de nuevo con el autochecking, así que me arriesgué a hacer cola en las mesas de facturación. Tanta era que esta vez sí salí pillado de tiempo, aunque no me agobié porque me soplaron que de seguro se retrasaría. “Bah, tres cuartos de hora se pasan enseguida”. Y pasan otros tres cuartos de hora… Hasta la cancelación final del vuelo, que desaparecía del panel de información como si nunca hubiese existido. “Y ahora, cómo salgo de aquí”.

Me puse a hacer la maratón por el área de embarque, a ver si encontraba la ventanilla de información de Iberia, compañía con la que viajaba. Por el camino me topé con una cola, pensando yo que era gente que embarcaba en algún vuelo gratis o algo, porque aquello no era normal. Caminé y caminé, y vi que el destino de esa marabunta era la misma oficina que yo buscaba. Pues nada, a volver hacer peregrinaje hacia atrás.

Los vuelos seguían cancelándose (de 1.165 operaciones previstas, a las 17h. sólo se habían realizado 361), y las puertas de embarque se cambiaban de una a otra, como quien juega a ‘Dónde está la mosca, aquí o aquí’. Mientras, la gente se hacían ‘amigüitos’ en las colas, cuando no invadían las mesas vacías de embarque y encendían los micrófonos para lanzar gritos de guerra: “¡Nos tienen como animales!“, con el consecuente estallido en aplausos. La Guardia Civil hizo acto de presencia para atajar los movimientos de insurrección.

Mi egoísta compensación era ver cómo las colas iban sufriendo cada poco un vertiginoso aumento, y yo estaba más cerca del final que del principio. Mientras, yo cogía todas las posturas posibles para descansar el cuerpo, y hasta me dio tiempo a descubrir que la voz que informaba desde los megáfonos era la de ‘Juan’, del programa Loquendo. ¡Qué cutre! Ahora me entero de que cualquiera puede jugar al simulador de ‘Barajas informa’ desde su casa.

A un paso del mostrador, fui testigo de una escena soberbia: una mujer inválida, que usaba los servicios de ayuda del aeropuerto, humillaba a su acompañante por no representarla como es debido (o sea, que la colara inmediatamente). Todos, sin excepción, la miramos regañados, de manera que ya tiene un cúmulo de mal de ojo de por vida.

Mis cuatro horas de cola terminaban. Sólo esperaba a que me cambiasen el vuelo por otro como a mis compañeros de viaje, quienes iban por delante de mí en la cola y que les pusieron en lista de espera en salidas que se efectuarían de madrugada (contando con que el tiempo lo permitiese). Sin embargo, lo único que me dijeron fue que me dirigiese a la entrada de la terminal, que en la ventanilla de Venta de Billetes me lo cambiaban. Crucé el aeropuerto con la frustración de haberme pasado toda la tarde esperando a que me mandaran a otro sitio.

De camino pasé por la sala de recogida de equipaje, donde avisaron por megafonía que estarían las maletas de los vuelos cancelados. Habían muchas haciendo fila junto a las cintas, pero ninguna era la mía. Tenía la esperanza de que en Venta de Billetes también me dieran solución a esto, pero sólo me remitieron ¿a dónde? ¡A la ventanilla de información de Iberia! Pero lo importante es que ya tenía mi vuelo cambiado, y lo mejor, ¡con Spanair y en la Terminal 2! Bieeeeen.

Me permitieron entrar de nuevo a la sala de recogida a por mi maleta, y nada. A saber si aún estaba en Madrid. En todo caso, me hicieron un formulario para que me la enviasen a casa y dándome a entender de que mi equipaje ya estaría localizado (lo que la leyenda sobre Iberia no garantiza). Salí de la T4 con algo de esperanza, porque hacía un par de horas me veía condenado a pasar las Navidades fuera de casa.

Me busqué una esquinita de lujo en la Terminal 2, así, hasta las 5.30 en que me levanté del suelo para hacer ya… ¿cuántas colas había hecho durante el día? No estaba en aquel momento para hacer cálculos, pero no podía abandonar Barajas sin ver algún famoso de rigor entre espera y espera: Álex Ubago, Carmen Sevilla, Micky Molina, Jaime Marrero, Yaneli Hernández… Bueno, estos dos últimos no eran tales, pero eran magníficos dobles que me hicieron dudar y bastante. Luego hubo otros no tan parecidos, pero en algo me tenía que entretener. Ya me gustaría que hicieran cola conmigo un Leslie Nielsen hindú, un Carlos ‘el Yoyas’ en plena pubertad, una Amaia Salamanca de aspecto fantasmagórico…

Y cogí ese avión. No me topé con ninguno de mis compañeros de vuelo, que a saber dónde habrían acabado. Al menos, aunque con retraso, pudimos despegar, no sin un mínimo de sufrimiento: me sentaron encajonado en una de las butacas de enmedio. La única solución era dormir durante dos horas para olvidarme de donde estaba.

La luz del sol me despertó. ¡Ya estaba en mi casa! No podía dejar de confabular planes que se centraban en la playa, porque aquellos 30º de temperatura lo merecían. Quién diría que dejaba atrás un aeropuerto dominado por el caos, a Madrid hasta el cuello de nieve, y 48 horas sin dormir pero que ya me encargaría de superar en el sofá de mi hogar.

Archivado en: Empirilidades
23 Diciembre 2009
20:51
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