Museo Lis: arte con y sin decoro

Los manuales nos pintan a Salamanca como urbe colosal del arte gótico-renacentista. Vale. Y preciosos que son sus monumentos y patios. Pero lo que quizás a muchos pasa como inadvertido es que en ese mismo casco histórico se localiza un espléndido museo modernista. Es, por decirlo más fino y descriptivo, arte decó / art nouveau. Hablamos de una corriente decorativa de la que hace gala el Museo Lis, situado justo entre la Catedral y el río Tormes. Cuenta con una colección por la que, si al menos no somos capaces de ver su belleza, al menos podemos pasar un buen rato asombrándonos. No nos engañemos: hay galerías que nos obligan a sacar una sonrisa cuanto menos.
La casa donde se halla el museo ya es de por sí una obra. Su nombre se le debe al industrial salmantino Miguel De Lis, aficionado a esta corriente de principios del siglo XIX dada por su estilo burgués, vanguardista y opulento, que reflejaba la situación de aquellos ‘felices’ años 20. Aficionado lo era también su arquitecto, Joaquín De Vargas, a quien De Lis le encargó levantar este palacete. Después de pasar por varias manos, el centro ha acabado en manos públicas, propiciando su reconstrucción (aunque hoy en día siguen siendo visible ciertos deterioros, lo que hacen de la construcción todavía más auténtico aunque caluroso porque, ¡vaya con las vidrieras!). Las piezas que contiene son fundamentalmente donaciones de Manuel Ramos Andrade, a partir de las cuales se fundó como lugar turístico en 1995.
No se decepcione por la sala principal, que abre al visitante una primera exposición de cuadros y esculturas que quizás no llamen tanto la atención. Lo más espléndido está por venir, una serie de criselefantinas como figuras de marfil, abrigadas por metales, que destacan por la minuciosidad de detalles en cuanto a las facciones y pliegues de los atuendos. También nos encontraremos con útiles comunes, como bolsos, jarrones, frascos de perfumes, lámparas…
Arriba, en la planta superior, se halla lo mejor del museo. En los espacios muertos cuelgan algunas estampas de la época, postales que dibujan la alta clase infantil y femenina de la época. Hay una sala, pero pequeña, que muestra el mobiliario decorativo, tan fino y cinematográfico. Apagadas las luces es como mejor se contemplan los vidrios de formas humanas, cómo haces de luces toman graduaciones distintas de colores dentro de ellas.

También hay una parte de joyas, cuales escaparates de El Corte Inglés pero en tiempos de posguerra, y otra sala dedicada al mundo de los abanicos, utilizados como lienzos. A primera vista parecerán artículos de Todo a 100, pero recomiendo detenerse en los detalles. Más sugerente son las esquinas dedicadas a los caracteres, bastante estrambóticos, empleados como ceniceros, palilleros o huchas. Es la antesala del humor de la última que nos queda por visitar: la de las muñecas, terror en estado puro.
Y es cierto. Muchas de ellas parecen verdaderas inspiraciones para el cine de miedo. Aunque la finalidad de sus caras son las de imprimir candor, ternura e inocencia, la verdad es que son bastante acojonantes y que provocan a la vez el descojono. Los pelos enmarañados, los ojos saltones, la contraposición de las proporciones del cuerpo… No hablemos ya de las muñecas con dos caras (muy de La Profecía) o de las razas negras, que muestran el estado de inferioridad social de la época, pues quedan relegadas como muñecas de las propias muñecas.

Os exijo a todos la visita obligada al Museo Lis y, si se puede, un retorno. Un único paseo no es suficiente para asimilar todas las minuciosidades de estas obras, ni para familiarizarse sobre todo con esas muñecas que parecen gritar “me voy a aparecer en tus sueños y te haré saber lo que es una pesadilla de verdad”. A la salida (o entrada, como se prefiera) nos espera la tienda, donde llevarse a casa facsímiles y algunos productos graciosos, o simplemente curiosear y sorprenderse con una máquina de música que tiene La Bomba entre su lista de reproducción. En efecto, ‘felices’ y frikis años 20.
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