REVIÚ de Eurovisión 1974

La 19º edición del Festival de Eurovisión se reconoce por dar la victoria al grupo sueco ABBA: “Waterloo, promise to love you for ever more” y bla, bla, bla… No voy a negar que el primer premio no se lo tengan merecido. Su estética pop doblegaba el tradicionalismo eminentemente lírico de estos certámenes, en los que la música era lo máximo ‘valorable’. La doble pareja no sólo ofrecía una renovación melódica, sino estética. Aún hoy nos llaman la atención la guitarra estrellada de Bjorn, o los pantalones arremangados bajo las botas de Agnetha. Encima, su director de orquesta, fue ataviado para la ocasión, muy al estilo napoleónico (disfraces estrambóticos de los que ya hoy estamos hartos de ver). Era, pues, un estilo rompedor para la época, que chocaba con los ritmos melosos de siempre. La edición de 1974 dio cobijo a esa batalla armónica.
Dicha edición debió de organizarse en Luxemburgo (país ganador en 1973), pero no estaba capacitado económicamente para afrontar los gastos, y la ciudad inglesa de Brighton recogió el testigo encantado. Por otra parte, se echó en falta la actuación en directo de Francia, que durante los ensayos decidió retirarse en señal de luto por la muerte de Georges Pompidou (presidente galo). Esta cancelación no es que le viese demasiado sentido, ya que el suceso no es de la talla de un ‘11-S’. Pero la política de entonces marcaba la agenda diaria de sus ciudadanos.
El linealismo habitual del Festival, por los demás representantes, era respetado. Tenemos la típica pareja empalagosa, que se ponen tiernos entre sí (los alemanes Cindy y Bert); los compases folklóricos, siempre perpetuos (la griega Marinella y la banda israelí Kaveret); y el montante restante, las mismas baladas cansinas de Festival, que nos vienen acostumbrando los oídos desde que se fundó, con esos intérpretes que parecen que van a llorar, que mueven los brazos de aquí a allá como se espantasen moscas. De todos ellos, me decanto por la finlandesa Carita, con el tema Keep me warm, tan angelical ella (quién le diría que su país iba a ganar 32 años después con unos heaviatas, ¡se retorcería en su piano!).
Otros de mis grandes destacados (no así en el resultado final, pues acabaron últimos) es la representación noruega, de la mano de Anne Karine Strøm. Su canción, The first day of love, quizás por su título haga intuir las vibraciones semi-frikis que desprende. Es como una mezcla entre el tema televisivo Love Boat y cualquier canción de cabecera para James Bond.
Una de las grandes apuestas del certamen, cómo no, fue la participación británica. Su representante fue la no mundialmente conocida Olivia Newton-John, antes de rebozarse en la playa con John Travolta en Grease. A pesar de alcanzar un 4º puesto final, Eurovisión le supuso el lanzamiento inmediato hacia la popularidad. Su tema, Long Live Love, podría sonar a cursilería. Pero lleva un compás algo divertido, quizás de recreo de preescolar, pero que sigue siendo divertido.
He dejado para el final, por supuesto, la candidatura española, una de las menos memorables. Al menos a mí no me gusta nada. A lo mejor durante el boom de la rumba catalana, hacia principios de los 90, nos hubiese calado más. Pero es que además ese flamenquismo siempre nos ha traído de cabeza en el Festival. Peret se llevó a su grupo para ponerse gitanos ante Europa, y sin embargo tampoco le fue mal. Canta y sé feliz ocupó el noveno puesto entre los 17 participantes (contando que, según el comentarista Uribarri, el catalán causaba expectación en Brighton).
En definitiva cuenta, Eurovisión 1974 resulta uno de los más célebres de la historia, especialmente porque encumbró a una de las bandas icónicas del pop, pero porque también dio cobijo a otros grandes del panorama como Newton-John, Gigiola Cinquetti y, coño, por qué no, donde deslumbró mi súper aspirante noruega. ¡Arriba The first day of love!
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