Llamadas “desaparecidas”

¡Oh, el teléfono móvil! Qué inventazo. Este artefacto es uno de los hitos que se cuelan a la hora de diferenciar una época de otra. Y eso que no estamos hablando de muchos años atrás. Hace justo una década aparecieron por mi clase los primeros móviles. Y todos los chiquillos flipando con él, y que además sólo tenían los más afortunados. Claro que por entonces sólo se podía presumir de poder llamar desde la “pelu” y de mandar provocativos SMS a la chavala de turno. Poco a poco, a la telefonía móvil se han ido integrando nuevas funciones, que han hecho de la vida humana más compleja, a la par que hortera. Una de las modas posteriores en relación a esto son las llamadas perdidas. Pero no porque “ay, se me ha acabado la batería y se ha cortado” o “buf, iba a descolgar la llamada pero le he dado al botón rojo“. No, no. La intenciones de esos primeros pitidos nos acercan hacia el lado más íntimo de los “móvil-parlantes”.
Recuerdo la primera vez que escuché hablar de esa moda (que, en realidad, por entonces no sabía lo que era). Un compañero de piso recibía una llamada a su teléfono, que duró lo que dos peces de hielo en un Clipper on the rocks. No era esa la única vez. Y otra. Y otra. Y otra. Y yo pensando: “pobre de él, que tiene a alguna psicópata detrás o, quizás, a alguna pretendienta que no se atreve a hablar con él. Seguro que debe ser fea, fea”. Pero no. Cuando se lo comenté (no mis teorías acerca de la psicópata o de la hipótetica ‘cara-besugo’), me contestó que se trataban de amigos suyos, que a través de esas llamadas perdidas le querían hacer entender que se acordaban de él. Pues vaya… ¡Vaya la envidia que me entró por no tener amigos así!
Dependiendo de quién lo enviase, con qué frecuencia, a qué hora del día y en qué momento tenía un significado u otro. Por supuesto, ya no me refiero sólo a fines amistosos, sino a esos de enamoramiento e/y/u obsesión (vamos, casi lo que dejé entrever con anterioridad). Bien se le podía devolver el “toque”, bien se podía pasar olímpicamente, bien sería conveniente cambiarse de identidad y huir de la ciudad. No obstante, algo elogioso sí que era.
Hoy en día su finalidad ha derivado preferiblemente hacia otras intenciones: “llámame ya, porque no tengo saldo o porque no lo quiero gastar y tú estás más bien posicionado en la escala económica que yo“. Por lo general, a estos se les hará caso cuando nos acordemos de que esas personas existen, porque tanta tacañería no debería ser atentida. Sin obviar la clásica excusa de “menos mal que corté, porque quería llamar a Fulanito hasta que me dí cuenta de que marqué el número de Fulgencio, con el asco que me da ese tío“, también podemos hallarnos frente a otros significados: hacer recordar a alguien de que tiene que ir / hacer / recoger (o cualquier otro verbo que se haya acordado durante el último contacto entre ambos); indicarle que en ese momento el emisor ha visto / oído / estado (o cualquier otro verbo de un suceso que se haya vaticinado antes o que se narre con posterioridad); sólo por joder (o cualquier otro verbo que señale agresividad)…
Las llamadas perdidas son hoy una de las pocas funciones que las operadoras correspondientes consienten de forma gratuita. Aunque las ganas de éstas por cobrar el establecimiento nunca han faltado. Es más, las compañías lo condideran un fraude contra ellas. Supuestamente ninguna debería cobrar por estos “toques”, a pesar de que algunos clientes juran por Snoopy que sí les han facturado por ello. El Ministerio de Ciencia y Tecnología aseguró en su momento que estudiarían casos como esos, porque entienden que los “timbrazos”no deben ser cobrados. Y esperemos que esto siga así, y las llamadas perdidas no acaben convirtiéndose en llamadas “desaparecidas”.
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