El amor, eso tan odioso (III)
Alcanzamos la trilogía de asuntos amatorios analizando una situación que, si bien algunos consideran que está dentro de los límites de la formalidad, otros tantos juguetean con ese concepto como material de mercachifle, que lo encuentras en una esquina, que lo coges si te apetece, o lo dejas si no estás para fandangos (vamos, que le dan menos valor que al pintauñas de una tienda ‘multiprecio’). Antes de entrar en debate, consulté nuevamente lo que dicen los sabios de la Real Academia Española en cuanto a “novio”, y nuevamente me demostraron que no hay ni claro ni oscuro. Simplemente, hay: la misma conceptualización aglutina a tres personas, a la que se acaba de casar, a la que mantiene una relación con fines matrimoniales, y a la que no tiene ese mismo fin dentro de la pareja (menos variopinto que esto es el trío Los Panchos).
Ante tamaña confusión, tiré del diccionario de la calle, de la vida real, de las experiencias. Hay una significativa proporción de gente que frivoliza con el término. Dos personas salen a tomar algo, a hacerse carantoñas enmedio del parque, y a rematar el calentón con un polvo o polvo y medio, y ya por ello se consideran novios. Yo, al menos, lo elevo a un nivel tan importante como es el de “amistad”. Un amigo no es solamente con el que sales a beber cervezas y a echar unas risas. Un amigo es alguien capaz de soportar tus manías y apoyarte en todas tus decisiones. Un novio es lo mismo, salvo el ‘plus’ sentimentaloide-sexual de grado intenso. En muchas parejas no existe un amor real (de esos de cuento, con el que soñamos todos), o es que los sentimientos del uno al otro no lo han sopesado adecuadamente.