REVIÚ de “Mentiras y gordas”
“Un grupo de jóvenes se prepara para lo que va a ser el verano de su vida, entre secretos, mentiras, sexo, confusión, noche y fiesta”. Lo que se tarda en leer esta simple frase, es lo que parecería que tiene de argumento la película. No nos engañemos, que el taquillazo que ha supuesto en las carteleras es inequívocamente proporcional al número de culos y tetas que salen en pantalla. Y eso es lo que ha llamado realmente la atención. Más aún cuando el reparto está compuesto por 3 de cada 4 portadas de Superpop, tanto de las que han salido este año (Yon González, Mario Casas, Maxi Iglesias) como las de ediciones ya antiguas (Hugo Silva, Alejo Sauras, Duna Juvé… bueno, que pocos se acuerdan de ésta última, sí, la pecosa de Compañeros, la versión edulcorada de la serie Física o Química).
Lo que a un ser humano llama superficialmente la atención (ya sea un adolescente desagallado, o un adulto críticamente incediario) son los ‘follamientos’, vamos, que los personajes ‘kikean’ cada 200 fotogramas, casi sin razón. Nada más empezar la película aparecen dos culos. Y va desde aquí un aplauso a Maxi Iglesias por ser el único que no se lo ha depilado. Que esa es otra. Ahí vemos a ‘Cabano’ ocupando un cuarto del cartel cuando en realidad no es más que un personaje de reparto, sin mayor peso en la trama (¿trama? que sí, que la hay), en detrimento de su partener que, como no la conoce nadie más que el panadero de su casa, pues ni sale en los créditos principales.
Por otra parte, el título tampoco es que sea del todo correcto. Mentiras… Pues las hay, pero no es la gran circunstancia por la que los personajes hacen y dejan de hacer. Más que mentiras, ocultamiento de datos y actitudes ambiciosas y egoístas. Gordas… si quieren hacer referencia a esas mentiras, no lo son tanto, mientras que al menos sí encontramos literalmente a una protagonista excesa en peso que utilizan como comodín cómico entre tanta putrefacción. Algunos se dejan llevar por los sentimientos, pero pocos, porque la mayoría están tan colocados por el exceso de droga que no saben ni lo que quieren. Transcurrida una buena parte de la película, empezó a sonarme todo aquello (porque, milagrosamente, llegué a apreciar más allá de lo que esconden bragas y sujetadores): un grupo de amigos, un local al que suelen ir, drogas y sexo, atracción homosexual y un final muy parecido. Historias del Kronen (1995) venía a contar lo mismo, retratando la juventud de entonces. Quizás una revisión no venía mal, aunque el resultado más visceral era el incremento de esa dosis de carne.
Un apunte final: es inevitable fijarse en los pezones de Ana de Armas y en el grosor del manubrio de Yon González. Lo siento… no lo podía evitar.
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