Romería de Tegueste para todos
No se considere este artículo como vulgar secuela de aquel sí clásico de este blog (hete aquí), a pesar del título subversivo, que no es más que un homenaje. No volveré a hablar de las últimas tendencias en trajes típicos, que por esos lares llaman ‘de magos’. A menos, sí, siguen combinándose con la temporada reciente en gafas de sol Versace y con los zapatos que acaban de llegar a Springfield o Blanco.
En esta ocasión quiero hablar de la romería en sí, eso que sucede al mediodía entre gritos y aplausos hasta que, una vez pasado, los recuerdos se hacen más borrosos (según los grados de la copa). El acto comienza con el baile de los herreños tan característico. Muchos se olvidan que se trata de una ofrenda a San Marcos y que, a pesar de ser el que después encabeza la cabalgata, es el que más pasa desapercibido. Ni las calles se han llenado aún, ni los que están han percibido el olor a incienso frente a las ganas de que pasen ya los carros que vienen detrás, cargados de condumios y vino.
En efecto, un número que no recuerdo de carrozas recorren la calle de Prebendado Pacheco, repartiendo lo que en principio se consideran productos típicos: papas sancochadas, pinchitos de carne, pan con chorizo, pellas de gofio… (mucho más considerados que los Reyes Magos, porque uno no se puede alimentar sólo de caramelos). Pero quien quiere algo, algo le cuesta, y tiene que pagar por ello. Hay que ir entrenados para coger las cosas al vuelo, a menos que lancen a discreción un huevo sancochado en toda la cabeza (también es verdad que no se pueden dejar a niños al frente de este cometido, que con las travesuras que gastan, las intenciones de fastidiar al público son más que probables). También hay quienes reparten palomitas, roscas, cotufas, florecillas de millo o cualquier otra patujada denominativa. Y es, precisamente, lo que menos rescatan del suelo ya que la boca pide algo con más nivel.
Las carrozas vienen a representar a algún colectivo vecinal, colegial, o folclórico. Algo común entre todas ellas son sus elementos decorativos. Algunos tienen forma de casa típica, otros de carromato, otros de barco, otros de molino… Pero, por lo general, van cubiertos de legumbres y así van haciendo ellos sus dibujitos y leyendas, derivando incluso hasta símiles regionales del portal de Belén (con Zebenzuí Acorán tomando el papel del niño Jesús, por ejemplo, o doña Zeneida en el papel de María). Lo malo es que como esa creatividad se desborde por lo alto, puede llegar a un punto en que tanto trabajo se puede ir al carajo si no pasa encajando por los arcos decorativos de la calle, como le pasó a una carroza este año.
Los que más sufren son, por supuesto, los animales. Aparte de las ovejas, cabras y cabrones que desfilan también, encerando el asfalto de pli-plí y de pló-pló, bastante más mierda dejan los burros, vacas y bueyes, que tiran de los carros. Son estos últimos las mayores víctimas. Sólo hay que verles los ojos hinchados (lejos de bromas) para comprobar el estrés al que se ven sometidos, lo que empaña la diversión y la buena imagen… para quien se da cuenta.
En fin, que se disfrutó al menos. Y aunque entrada la tarde luego se precipitaron los acontecimientos climáticos en contra de la algarabía popular sobre Tegueste, la romería fue disfrutada incluso por Mimi, ese personaje tan carismático que se le olvidó a Jim Henson al crear los Teleñecos. Eso sí, Mimi, tan loca ella, se cuela en la Romería de Tegueste para ver pasar las carrozas en primera fila. Tendrá que pelear por conseguir su sitio. Aunque, no las tendrá todas consigo…


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