“Mi coño por dentro”
A nadie se le escapan los tópicos de Pedro Almodóvar a la hora de inventarse una película. No es sólo que los argumentos, los giros y los desenlaces sean truculentos (por suerte, no capta la vida rutinaria, porque no muchos esconden al marido muerto en la nevera de casa, o por la noche cuelgan la toga para trasvestirse). La gracia característica reside en esos detalles que son marca de la casa: la estética pop, la ordinariez, los actores fetiche, la homosexulidad, el putiferio, el protagonismo de la mujer (especialmente la figura materna), el trasvestismo… Es, por ejemplo, como los cuadros de Andy Warhol, que ha creado un patrón que es muy fácil de seguir por cualquiera. Con esto, lo mismo. Sin embargo, no hay guionista al que se le ocurra pecar de falta de originalidad y hacer una película similar.
Pero bueno también es imaginar, ponerse en la piel de otro y crear una nueva historia empleando esos recursos. Una historia que podría empezar con Eduardo Cifuentes, un policía local de playa admirado por viandantes y comerciantes durante el día, mientras que por la noche es la más puta de las transformistas del Club Guau-Guau. Aunque Eduardo disfrute comiendo conejo, con o sin adobo, desde pequeño siempre se sentía atraído por los lápices de labios, las novísimos conjuntos de Mariquita Pérez y las canciones de Marisol, cuyo repertorio había hecho suyo Rosita Boom Boom, ese otro “yo” que mantenía distante y oculto de su vida paralela, que compartía con Gloria Hernando, su mujer.
Eduardo llevaba la vida que quería, a pesar de las mentiras. Sin embargo todo cambia una noche interpretando Tómbola en el bar, cuando un cliente le mete una estampita de la Virgen de La Cabeza en el canalillo. Una vez en el camerino Rosita rompe a llorar al percatarse de que guarda una dedicatoria con el puño y letra de su querida madre, enferma en un centro de ancianos. Secadas las lágrimas, se da cuenta de que en el reverso hay unas señas. Sin pensárselo, acude a la cita como Rosita para averiguar su identidad. Pero cuando llega se encuentra al misterioso hombre tirado en el suelo, con dos tiros quemándole el pecho y con unas bragas rojas en la mano en cuya etiqueta llevaba escrito: “Alicaño asesino. No te fies de nadie, ni del moscardón con la bufanda del C.D. Tenerife”. Pronto, escondió la braga en una papelera. Tarde para huir. La policía la detiene sin descubrir que se trataba de su propio colega, pero la sueltan pronto al no tener pruebas en su contra. Rosita opta por no revelar la prueba heredada del muerto, la cual recogió y con la que terminó sagazmente por relacionarla con el tráfico ilegal de bragas rojas que, como Eduardo de día, persigue sin resultados.
El ‘alicaño’ le quitó el sueño. A la mañana siguiente le preguntó a su compañero Rodrigo, que se mostró curioso al escucharlo de su boca pero que insistió en no saber nada de eso. Eduardo buscó ‘alicaño’ en la DRAE. Nada. En el Google. Nada. Revisa en la oficina por si en algún informe aparece la palabrita de marras. Nada. La pista determinante se la concedió Gloria en casa, al regresar con unas bragas idénticas que compró en un ‘chino’ cerca de la playa. Eduardo acude al establecimiento y recoge declaraciones al dependiente. No saca nada en claro, salvo que el chico es un sobón, porque no paraba de hacerle guiños el arma… la que no es reglamentaria. Vuelve a casa y mantiene sexo con su mujer (por que la historia está decayendo y hay que animar la cosa).
En una conversación sobre la importancia de las madres con la camarera del Club, tan salerosa ella, bajita pero con dos buenos hinchas por delantera, Rosita concluye que quizás la suya le puede revelar al menos quien era el muerto. Así que Eduardo no tarda en ir al centro de ancianos a visitarla aunque, como se temía, sigue sin reconocer a su hijo y en gastar mal genio con él si no se come la mano de plátanos fritos que le ha hecho. Su última oportunidad: los cajones de su dormitorio. Allí encuentra una foto antigua de ella con el muerto y unas cartas de éste, que relatan su amor. De ahí saca su dirección, donde reside la hermana, a quien quiere entrevistar. No era cosa fácil, pues era una yonqui que llevaba réplicas de la mascota Cobi como pendientes, y se negó a hablar si al café no le acompañaba un azúcar muy especial. Cuando acabó de proferirle insultos y golpes una vez terminados los efectos de la… cafeína, le contó que su hermano recibía amenazas de su jefe por algo que él le atormentaba y quería sacar a la luz, pero que no sabía más. No obstante, le revelaría dónde se esconde la sábana santa si le hacía la lluvia dorada, a lo que Eduardo se negó… hacérselo por segunda vez.
La mente de Rosita no estaba en el playback de Muchachita, sino en descifrar el significado de ‘alicaño’. Desesperada, se lo preguntó a la camarera salerosa, quien se sobresaltó y le pidió que bajase la voz, porque así llamaban a uno de los mafiosos más peligrosos de la zona. Casualmente era cliente asiduo del local. Al volver a casa encuentra una carta en el buzón, que amenaza con hacer daño a su mujer si no deja de hacer más preguntas sobre Alicaño. La fuerte conmoción fue curada por la misma Gloria a base de arrumacos, desembocando en una nueva tanda de sexo (esta vez con una espumadera de por medio, para incrementar la expectación del público).
Sólo le quedaba algo que le inquietaba. “No te fies de nadie, ni del moscardón con la bufanda del C.D. Tenerife”. No le veía sentido alguno hasta que, en el vestuario, apreció el tatuaje de La Veneno en el hombro de uno de sus compañeros y éste, a la cara de asco de Eduardo, le respondió que más friki era el moscardón chicharrero de Rodrigo. Todo encajaba. Por eso le insistía en que no averiguase más sobre el tema. Estaba comprado por Alicaño para esconder pruebas. Presto, se dirigió a su casa. Su temor se disipó al comprobar que Rodrigo había secuestrado a Gloria, según rezaba las pintadas en el empapelado setentero del salón, y que la mataría si no le entregaba las bragas. Eduardo no sabría dónde localizar a Gloria. Pero Rosita Boom Boom sí, informada del fetichismo peculiar de Alicaño por las pelucas azul eléctrico. Aunque Marisol no solía cantar de esa guisa, Rosita estaba preparada para hacer la más deslumbrante de sus actuaciones la noche próxima.
El resto de la película lo podemos imaginar. Es el punto culminante, donde está la acción: Rosita canta, Alicaño se queda prendado de ella y la invita a su mansión, donde seguro tendrían retenida a Gloria. El robusto Alicaño la fuerza a interpretar para él Mami Panchita con una de sus bragas rojas, se baja los pantalones y se descubre el por qué le llaman ‘Alicaño’, rimando con ‘tamaño’. Rosita huye despavorida, pierde la peluca por el camino, y se encuentra de frente con Rodrigo y Gloria forcejeando en el jardín. Gloria, al ver que aquel travesti es su marido, cae desmayada de la impresión. A Rodrigo no le temblequearon las manos para levantarlas contra Eduardo, empuñando en ellas una pistola. No sólo había descubierto su tapadera, sino que debía acabar con él porque estaba enamorado de su esposa (aumenta el drama). Pero nuestro protagonista es más rápido y saca su arma del tanga para dispararle sin remordimiento. Vale, un malo menos. Pero queda Alicaño, que le agarra por detrás y le adelanta que va a morir como Carpanta, con su gran alicaño en la garganta. No sucede tan terrorífica escena, porque Alicaño cae avatido. Gloria le ha disparado con la pistola de Rodrigo. Y aunque parezca que la historia ha acabado fenomenal, ella no supera la doble vida de su marido y se suicida con la misma arma.
La cámara se aleja lentamente de la escena, Eduardo llorando a la vera de Gloria, con el traje de lentejuelas ensangrentado y, mientras suena Háblame del mar, marinero cantada por Luz Casal, lanza a la luna creciente un grito de dolor: “¡Mi coño por dentro!”.
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