Indianos: La orgía blanca
Por muchos son conocidos (y cuando digo ‘muchos’, arrastro a medio mundo) los carnavales de las Islas Canarias. Con sólo mencionarlo, se nos vienen a la mente esos trajes rimbombantes de las reinas anuales, los sones latinos, el ron y plumas, muchas plumas. Pero es que en Canarias no sólo hay de eso. Cada año coge más fuerza la especial celebración que se da cada lunes de carnaval en Santa Cruz de La Palma, de manera que otras poblaciones han copiado (no con sutileza) lo que venimos a llamar como “Los Indianos”.
Este acto es en realidad un homenaje, e incluso una burla, de aquellos antiguos canarios, emigrados a las Américas (especialmente Venezuela y Cuba), y que regresaron a su tierra alardeando de toda la fortuna que consiguieron en el otro lado. Dicha historia es la que marca el desarrollo de la fiesta hoy: como dichos personajes, los participantes han de acudir vestidos de la época. Da la casualidad de que los más mayores tienen su traje con certificado de autencididad o algo, porque dan el pego (chaquetas, sombreros, faldas, alhajas…). No obstante, la mayoría vamos vestidos efectivamente de blanco (como era el vestuario de los arribados desde Las Indias, de ahí “indianos”), por defecto, en cualquiera de sus tonalidades, y da igual si es una guayabera llena de bolsillos como si es una camisa Tex Basic del Carrefour, así como el pantalón, que por cosas del precio vienen a ser muchos en realidad un mono de trabajo. Para compensar este ‘cutrerío’ están los complementos añadidos como los gorros de paja, las sombrillas de encajes, las jaulas con loros de cartón, los billetes (falsos, que algunos aprovechan para colar críticas a la política actual) que se sacan en cualquier momento para fardar, las propias maletas (tendrían que ser de cuero, algo ancestral, pero la realidad es bien diferente y bien ordinaria, pues hay quien viene con la Roncato a cuestas…).

Como vemos, aquí disfraces tan sólo hay uno. Bueno, miento. Luego está aquellos que se visten de sirvientas negras, betuenados de arriba a abajo, y luciendo un pandero con el diámetro de la paellera de Fairy. De entre ellos destaca un personaje que se ha ido ganando la popularidad con el tiempo, la Negra Tomasa. En verdad son pocos los que se atreven a salir de esta guisa, pero son los auténticos reclamos para todas las fotos. Sinceramente, la verdadera diversión no está en los atuendos, está en los polvos. Poco o nada tiene que ver con los verdaderos indianos, pero hay unas cuantas leyendas que intentan explicar su origen, desde la salida que se debía de dar a un excedente de harina no consumible, hasta la tarea blanqueadora que se aplicaban los negros en la piel. Como digo, son excusas perfectas para echar polvos…

Por suerte, de la harina tradicional para estas fiestas pasaron a utilizarse los polvos de talco. Y muchísimo mejor, porque después de pasear unas horas por la capital nos quedamos con la piel más tersa que nunca. Brilla que es una maravilla. Hay quienes se traen los botes de su casa, otros los regalan etiquedados con promoción el mismo día, pero luego están los típicos
abusones que los venden a pie de calle mucho más caros con respecto a su precio habitual (incluso las propias farmacias, qué desprestigio).
He llegado a pensar que, con lo poco usado que está ya el talco a estas alturas de la vida, lo que se consume ese día en este punto del mundo podría llegar perfectamente a la mitad de lo producido en todo el globo. Nos pasamos desde las 12 del mediodía tirándonos polvos, y aún más bien entrada la tarde, a eso de las 17 horas, cuando una banda de tambores se recorre la misma Avenida de Los Indianos hasta adentrarse en la Calle Real. Es el clímax, cuando uno se ve apretujado por la gente, avanzando a paso de enanito de La Palma, y con tanto polvo en el aire. Suena a infierno para los alérgicos. Pero yo, que lo soy, no me vi más que con la misma ‘agüilla’ nasal de todos los días. El acto no termina en la plaza del Ayuntamiento, más bien prosigue.
Cae la noche y la música pachanguera suena más fuerte, se enciende el escenario para que toquen las orquestas, los chiringuitos (y el kebab) venden lo que no está escrito, los urinarios llegan a los topes de mierda y las atracciones acaban pintadas de blanco. Así, hasta las tres de la madrugada. Pero da igual, hay que despendolarse una vez al año. Ya habrá tiempo para las lamentaciones en Semana Santa, que ya toca.

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