La Palma, más bonita que ninguna
Mis más fieles lectores habrán estado agonizando al comprobar que llevo casi un mes desaparecido, si no en busca y captura. La falta de inspiración causa estragos. Pero también he estado algo liado, entre otras cosas, debido a acontecimientos de los cuales quisiera dar cuenta aquí. Nunca había ido a la isla canaria de La Palma, por lo que estaba abierto a encontrarme con cualquier cosa. Los cinco días que pasé en ella no sirven para contarlo en sólo cuatro párrafos por lo que, en plan de folletín novelesco, ofreceré por entregas relatos llenos de aventuras, de emoción, de dolor… Eso sí, no prometo sexo.
Creo que convendría empezar por algo más general. No es del todo desacertado ese membrete de “la isla bonita” con el que califican a La Palma. Tiene unos paisajes espectaculares y una historia rica e interesante. Tampoco seré yo quien lo descubra ni haga un análisis profundo, que para eso ya están los libros y las páginas especializadas. Sin embargo, sí que voy a dar una pequeña visión personal de lo que ví, empezando por su ciudad capitalina, Santa Cruz de La Palma (que los de otros municipios llaman ‘La Palma’ por no gastar más saliva):
No es que sea una ciudad muy grande. Pero lo poco que tiene es prácticamente histórico. Hay que decir que la isla tuvo (y tiene) gran importancia, especialmente en los siglos de los primeros viajes a América, en el que el comercio tuvo aquí su punto de enlace entre el viejo y el nuevo continente. En la isla quedaron familias eurpeas y un estupendo arte. En este caso, es el típico casco canario, con sus casas señoriales, su plaza flanqueada por el ayuntamiento y la iglesia, sus calles estrechas y adoquinadas…:
Pues eso, que Santa Cruz de La Palma responde al clásico trazado canario. Actualmente no tienen mal conservado el estado de las casas y edificios emblemáticos, muchos de ellos acompañados de rótulos explicativos. Eso sí, había alguno que no sé si sería por la lluvia ácida, pero que habría que regañarse bien los ojos para adivinar lo que ponen:
A mitad de la Calle Real está la plaza, rodeada del ayuntamiento (no espereis verlo aquí, pues estaba justo detrás del objetivo) y de la Iglesia de El Salvador. Uno y otro tienen una serie de motivos simbólicos, propios de la época. Es lo que más atrae de ellos. Curioso también es el por qué de esa estatua, homenaje del párroco que por entoces había perecido cayéndose por las escaleras. Anda que…:
Abandonamos la capital para subir más arriba, a San Andrés y Sauces que, como se puede suponer, originalmente compusieron dos entidades diferentes que se unieron tras la crisis del azúcar. Es un pueblo sin más, realmente. Pero en él se localiza el bosque de Los Tiles, ese espacio densamente verde en el que uno se mete a hacer senderismo y a saber si vuelve. En el también se puede practicar hasta deporte, gracias a que construyeron este puente y reconvirtieron uno de los carriles en área de paseo con instrumentos de gimnasia:
No fue año para ver a los famosos enanos bailar. Eso ocurre cada lustro, cuando sucede la Bajada de la Virgen de Las Nieves (en la imagen, cuyo santuario queda por encima de la capital). El recinto es hermoso, y despierta curiosidad cada cuadro donado por marineros que se veían salvados de tempestades gracias a la Virgen.
Pero por subir, podemos subir más, hasta el Roque de Los Muchachos. Es el punto más alto de la isla (la segunda más alta del archipiélago), donde se encuentra además el Observatorio Astrofísico, del que dicen que es el mejor del mundo. Por lo menos, seguro que es el más matao de llegar, porque pobre de aquel que trabaje ahi y tenga que subir todos los días por esas curvas de la muerte.
Desde el Roque de Los Muchachos se puede tener una vista maravillosa de la Caldera de Taburiente. Es una genialidad rocosa de montañas y barrancos, en el centro de la isla, que forma un círculo semicerrado. Sí, muy lindo para la vista todo. Pero un friiiiio allá arriba… que no se lo deseo ni a un Frigo Pié.

Como hemos visto, desde el Roque podemos dirigirnos a diversos sitios. En efecto, pasamos por el Puerto de Tazacorte y por el mirador de El Time. No obstante, camino arriba - camino abajo (según adónde nos lleven las curvas), nos encontramos con otras estampas. En El Paso, ese municipio con el ayuntamiento de un rosa ‘asco’, está la ermita de la Virgen del Pino, que aunque luzca esas campanuelas, salvo las vacas todo el año y los romeros cada tres, no hay civilización alrededor que las escuche.
Por el camino escarpado y sinuoso, donde se levantan enormes pinares, camparon los aborígenes del lugar en casas de piedra de las que aún quedan vestigios como este. El entorno de hileras de estas construcciones es una preciosidad. Pero pobres de dichos prehistóricos, ya que hace un clima extremo que cala en los huesos. ¡Como para hacerse una piscinita ahí!

Y llegamos a El Time, cuyas curvas son de barato escalextric en comparación con las dejadas atrás. Desde su mirador, aparte de llevarnos geranios (gratis, faltaba más) que deja abandonada la gente, podemos ver una amplia vista de Los Llanos de Aridane (ilustrado bajo estas líneas).

Los Llanos es uno de los municipios (del interior) que más urbanidad tiene. Hasta cuenta con un cine, ¡y de tres salas! Es la “metrópoli”, como llaman algunos lugareños. Les recomiendo ver el Museo Benehaorita (lleno de piedras y cerámica talladas), lo que queda del acuaeducto, el entorno de la Casa Massieu (cuidado con sentarse a los pies de una casa cercana, que corren el peligro de ser echados como pordioseros), las papas fritas del bar La Gruta y el supermercado San Martín Express, donde deben llevarse al menos una botella de Nik de fresa…

La punta sur de la isla es Tazacorte, antiguo puerto y con razón ‘antiguo’, porque ese viento hoy no hay veleta que lo soporte. No llegamos a probar sus míticos polos, pero sí vimos su barriada, sus casas multicolores, y ese “parque marítimo” (pesadilla perfecta de César Manrique), actualmente abandonado.

¡Ay, esos veranos en Puerto Naos! Cualquiera no los tendría, ¿verdad? En diez minutos se recorre uno perfectamente la playa, de arena volcánica. Pero algo es algo, lo más turísticamente veraniego de la isla. Si volvemos la mirada hacia atrás nos damos cuenta de que nos acechan vastas extensiones de plataneras, aquí y en todos los lados de la isla.

Terminamos este breve recorrido con lo que considero lo mejor del viaje. Fuencaliente está lleno de volcanes, como este de San Antonio. El panorama no está dentro de su cráter arboleado, que también. Sus atardeceres son allí excepcionales, imborrables en la mente de nadie.

Y, bueno, a grandes rasgos, grandísimos y grandiosos, este ha sido mi recorrido por la “isla bonita” o, como dirían en las películas de Marisol, “más bonita que ninguna”. Me quedaron muchas cosas más por ver. Pero también por contar, como la popular fiesta de los Indianos o sobre la gracia de sus gentes. Pero esto ya son otras historias…








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