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La vagueza contra la rutina

Pobres, los Alcántara. Durante estos últimos meses me he aficionado a ver la serie Cuéntame (como pasó), a mí, que tanto me gusta la nostalgia y la historia social. Esta producción de La Uno, que lleva emitiéndose diez temporadas desde el año 2001, es un compendio de situaciones familiares, contextualizadas en la España del “tardo-franquismo”. Eso es, el contexto, el protagonista principal: la censura, el trabajo, la iglesia, la educación, las capas sociales, el qué dirán… Por eso no debe entenderse la serie como un producto únicamente para el entretenimiento. Se trata también de un documental, de un foro para el debate y la reflexión.

Son pocas ocasiones en las que vea algún capítulo y no me ponga a meditar. Ahora me ha pegado fuerte lo de esta chica, Inés Alcántara (demasiado fuerte lo suyo). El personaje es un creador de líos para la familia. Apartada de los estudios por su condición femenina, y cuyo presente y futuro habían sido manejado por sus padres, llega un momento en que se rebela contra las normas sociales y toma una serie de decisiones críticas: se resiste a volver de Londres, donde permanece en brazos de un melenas sin oficio ni beneficio; se dedica a ser actriz, profesión denostada, amparada en el regazo de un director que podía ser su padre. Y en la cuarta temporada, para terminar de golpetear a los padres en el centro de la moral, y se marcha a vivir a una comuna hippie de Ibiza, nuevamente con el melenas.

Pienso, pienso, calibro y pienso. Cuando me doy cuenta, me veo posicionado en el lugar de los padres, que sufren al ver a la hija mendigando, si no es vendiendo harapos sucios en un rastro y, en cualquier caso, viviendo en una chabola agraciada con cuatro paredes. Vamos, haciendo lo que le da la real gana. Y tomo esa posición bajo el temor de qué será de Inés cuando se canse (porque todos nos cansamos de todo), sin un porvenir asegurado. Inés se defiende, explicando que por fin es feliz. Por contra, renuncia a aquel estilo de vida rutinario, condenado a la desdichada esclavitud de un trabajo , cuyos beneficios retornan a la sociedad de consumo.

Todo esto suena bien en la teoría, ¿no? Pero, lo siento mucho, no quiero pasar mis días bailando ritmos budistas en un risco, mientras la intensa luz del atardecer me va restando capacidad óptica. Eso de rascarse el ombligo está genial, en vacaciones. Porque si todos nos pasamos el tiempo no haciendo nada, quién atendería el supermercado (¿nos quedaría cazar como salvajes?), quién me satisfizaría un medio de transporte (porque al monte no pienso subir caminando), o quién me ofrecería una lectura o una película que me entretenga cuando se me rompa la pandereta (¿me vuelvo al risco sin ella a meditar sobre lo mismo, potenciando una locura mental próxima al caer?).

Obviando las teorías marxista y del coño de su madre, lo cierto es que el trabajo laboral nos da algo vital. Primero, nos proporciona dinero para vivir (reinvertido sobre el trabajo de los demás, sectores primarios, secundarios, terciario… un ciclo que nos beneficia a todos); y segundo, nos da algo qué hacer, aquello con lo que mi conciencia me permita dormir como un campeón, pensando en lo productiva que he hecho de la jornada. No preocuparse, que las tristes rutinas encuentran su remedio los fines de semana y en vacaciones.

Podría divagar más, y poner ejemplos metafóricos, pero me parece que no es plan de marear la pavana. La conclusión es ésta: odio a los gandules, a los que no se esfuerzan por ellos mismos, que también es por los demás.

Archivado en: Las cosas de la vida
16 Enero 2009
18:18
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