A veces voy por la calle y, yo qué sé, puedo estar haciendo cualquier cosa. Pero, sin razón o relación lógica, me pongo a pensar en, por ejemplo, qué fue del champú Vidal Sasoon. No sé si os acordáis de él, que deberíais, porque en cada casa española había un bote de estos a mediados de los 90, cualquiera que fuese su variedad (cabello seco, cabello extra-seco, cabello “híper-mega-seco”…). Ya no se ve en la sección de cosméticos cada vez que voy a comprar al Cruz Mayor… Perdón, que este supermercado tampoco existe. Pues eso, que no me había dado cuenta de su desaparición hasta ahora. En realidad, siguen habiendo productos de esta marca, Vidal Sasoon, cuyo nombre obedece a ese estilista, creador de peinados y modas (como aquellos pelucones sesenteros de los Beatles). Pero no es lo mismo, porque la tele no se colapsa de sus spots ni patrocina concursos. Quién va ahora al estante de la tienda, mirar por encima del hombro los botes de H&S, y meter en el carrito un Vidal Sasoon para cada miembro de la familia…
Otra de las marcas que he echado en falta, sobre todo al ir a Media Markt, son los televisores Telefunken (bueno, y lo que no son televisores, pero es que las pantallas era la razón de ser última de esta empresa alemana). En verdad, esta marca fue eliminada en 1985 por AEG, pero siguió siendo comercializada por Daimler-Chrysler aprovechándose de la idea sinonímica que tenemos todos de alta calidad (Telefunken es responsable de 20.000 patentes en el sector). Aunque se ve que ha pasado un poco del tema, de ahí que Profilo-Telra, el tercer fabricante de televisión de Europa, se haya hecho con el nombre para revitalizarlo. Pues eso, que dentro de nada veremos un Telefunken de plasma en el catálogo del Saturn, porque el de 14″ que nos compramos para la cocina hace 14 años no sé por cuánto tiempo más aguantará.
Pasemos ahora a un tono más banal, o sea, a productos mucho más cutres. ¿Se acuerdan de las “Buffalo”, aquellos zapatos cuyos tacones descomunales elevaba a lo más alto hasta al ‘pitufo’ más enano? Recuerdo que muchos chiquillos que estaban conmigo en C.O.U. (fijaos si ha llovido y tronado) iban a clase, tan contentos, midiendo unos centímetros más. Pero todo tiene un precio, y su precio es que se convertían en horteros, reforzando la imagen ‘kinki’ y poligonera que ya de por sí lucían. Su coste era tan alto como los propios zapatos. ¡Cuánto mal ha hecho la moda en este mundo! Menos mal que al poco se dejaron de llevar y el buen gusto volvió a reinar sobre la Tierra.
Retrotraigámonos algo más en el tiempo, y durante un tiempo más fugaz, en el que aquellos yogures de Danone, línea Casper, de sabores horripilantemente inimaginables, aguardaban en la nevera de los supermercados en el verano del 95. Se trata de uno de los productos fracasados que los frikis nostálgicos como yo más nos acordamos. Y no es para menos. Sé que estaban los sabores a leche merengada (eso, pase) y a cereza (venga, pase también), que nunca los llegué a probar. Y si lo hice, no me dejaron tanta marca como sí lo hicieron los sabores a chicle y a cola. Marcó en el paladar, que aún se resiente. La idea parecía original, pero el gusto nunca nos lo llegó a perdonar.
El fin de fiesta de este artículo ‘memorabilioso’ viene de la mano de los chicles Boomer. Ese sí que nos parece un agradable recuerdo, ¿no? Hasta que cierro los ojos y pasan por mi mente crudas sensaciones de mí mascando chicle con sabor a regaliz o a natillas. Pero otros sí que eran sugestivos, como el de frutas del bosque, fresa ácida, melón o clorofila, que cada uno costaba cinco pesetas.
¡Qué tiempos! ¡Qué marcas! Pero, como en esta vida, todo tiene su momento de moda y otro tiempo de caida en el olvido. Que no se rían las Vans de todo esto, que a estos zapatos también les llegará su hora, como a los pobres Sketchers…