La Gomera, con curvas y a lo loco
Lo prometido es deuda, y la deuda es este artículo de corte sociológico, geográfico e incluso, cómo no, frikístico, sobre

Pero vayamos ya al meollo, a aquello que viví en carne propia y que me dejó tan marcado como el somier del sofá en el que me tocó dormir. Lo principal reseñable son sus curvas. Normal que hayan en una isla de esas características, y pobre de ella si no son por los túneles (aunque no se cuentan suficientes). La cuestión parece que está en que, para dirigirse a cualquier parte y si no es en ferry (que casi mejor, y tal como cuesta la ida y vuelta, a 63 céntimos), hay que pasar obligatoriamente por el centro. ¿Tan complicado es hacer una carretera por la costa, o es que se trata de un malévolo plan para hacernos visitar (sí o sí) el Parque Nacional de Garajonay? De todas formas, nuestro afán turístico nos iba a llevar igual.

Resulta bastante perceptible enterarse de cuándo uno ha llegado al Parque. El aumento de miradores, el cambio drástico de temperatura y la neblina que se cierne por la carretera, invocando un pronóstico de accidente automovilístico contra uno de los barrancos (espesos de verde a más no poder), indican que hemos llegado. Cuenta la leyenda, y espero no equivocarme, que fue en el Roque Agando donde Gara y Jonay saltaron por amor, dando respuesta trágica al careo tan ‘shakespeariano’ entre una familia y otra.


Otra de las cosas que me llamaron la atención fue su ‘impopularidad’. Y me refiero con esto a la escasa población endémica del lugar. Tanto es así que alguien de nosotros desesperaba por no encontrar a gente natural de Valle Gran Rey (municipio donde nos hospedamos). Todo estaba invadido por guiris, como en Playa Santiago. Lo que más se me escapaba del entendimiento era por qué ocurría en sitios así, cuya infraestructura turística era poco corriente: sólo quince metros de playa rocosa, sin locales de especial diversión (ni un solo papagayo en la entrada). Será porque

No obstante, la mayoría de los pueblos miraban por sí mismos, por su gente, aunque siempre invitando a los demás al senderismo y apreciar su cultura interior, como


El recuerdo más… el que más recuerdo es aquel que nos llevamos de Vallehermoso. Cientos de curvas después, sorteando otros cientos de vallas por obras, llegamos al final del camino. No le faltó verdad a mi compañera, que gritaba que aquello era el culo del mundo en la primera cafetería que nos encontramos (castigada claro por la mirada asesina de los lugareños). Lo único que encontramos fue una playa comida por las olas, pero con una piscina idílica. En una esquina, el Castillo del Mar, que desde lejos parecía el lugar donde moraba algún monstruo y que, una vez allí, lo parecía aún más. Lo mejor fue lo peor, escuchar los lamentos de mis compañeros al retornar por aquella tortuosa y ya oscura carretera.

Una de las últimas cosas que vimos fue el aeropuerto, que bien funcionaría como centro turístico más que como un aeropuerto de facto. La decoración interior era una preciosidad típica canaria, especialmente la balconada de las oficinas y la portada de la entrada.


Una de las conclusiones más tajantes que sacamos entre curva y curva es que gente como nosotros, acostumbrados al cosmopolitismo, se nos haría retorcido vivir en



24 Octubre, 2008 a las 16:26
jajaja albert me aprovecho pa colgarlo en mi tuenti… se sale la cronica xDD