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Las autoescuelas y la buena vida

Chacho, chacho, chacho… Después hay unos cuantos que se quejan de la crisis económica. Serán aquellos que no se han montado en el carro de las autoescuelas porque, los que están en él, están sacando tajada de los conductores como ‘tallas’. Detrás de la apariencia pública de empresas que hacen un bien social, se debe encontrar una red mafiosa que cobra dinero hasta por darte los buenos días. He comprobado, en viva persona, cómo se articula este bucle vicioso y la manera en que he podido salir con los suficientes céntimos como para comprarme un chicle.

La historia arranca esta mañana, cuando me acerco a la autoescuela (sí, lectores morbosillos, me estoy sacando el carnet) para pedir fecha de cara al exámen teórico. Ya estaba sobre aviso del procedimiento, pero nunca está de más comprobar los datos. Pues nada, tenía que conseguir un certificado médico y a hacerme la revisión que me fuí. Quedaban 20 minutos para que cerraran, pero estarían hasta los topes porque desde que llegué ya no dejaban hacer más cola. Vale, hasta aquí todo normal…

El panorama se vuelve difuso y aturdidor en horas vespertinas, cuando regreso a la consulta médica. Será que la tradición patria de la siesta es sagrada o que emitían el capitulo final de algunas de estas telenovelas cansinas, pero en la sala no había ni un alma, salvo el de la secretaria. Me pide fotocopia del DNI y una fotografía, la cual me rechazó. Y no porque considerase que en mi foto de hace 8 años estaba irreconocible (que no, si exceptuamos la barba que luzco actualmente). Es que sólo admiten originales. ¡Qué más da el soporte en la era tecnológica en la que vivimos…! Bajé a la calle a ver si encontraba algún fotomatón (a seguir gastando), pero la avenida no estaba muy bien surtida al parecer. Sin embargo, me acordé que aún guardaba en la cartera la foto que me hice para el DNI (nada, sólo dos años antes). Volví, todo dispuesto. La que no estaba dispuesta era ella a cobrarme los 40€ por tarjeta. ¡Maldita sea! Sólo me faltaban un par de euros para llegar al efectivo justo. Resignado, bajé nuevamente y caminé un buen trecho hasta llegar a un cajero de mi banco (no está la cosa para que las otras entidades me cobren comisión). Vaya, sólo tenían billetes de 50€. Sólo faltaba p’al duro que viniesen detrás mía con una navaja. Ya era la cuarta vez que entraba en la consulta, pero esta vez sí que sí. No le quedaban excusas para volverme a hacer el trote, escaleras abajo.

Una vez dentro de la consulta, el médico pertinente me hizo las clásicas preguntas de si estaba bajo algún tratamiento mientras me tomaba la tensión. Me hizo pasar a otra sala, donde había una mesa inmensa ocupada sólo por un simle aparato. Era uno de esos que hay en el despacho de todo oculista para estudiar nuestra vista. Y yo, que ante esto tengo una enorme experiencia a mis espaldas, me quito las gafas y respondo a las filas que me pedía el buen hombre que identificase. Poco podía contestar, porque la miopía sólo me permite ver sombras. El médico empezaba a preocuparse. Me manda a sentarme en otro sitio, hasta que me ve sin las gafas. ¡Claro! La prueba se podía hacer con ellas puestas. Qué iba a saber yo. No obstante, éste se permitió la peligrosidad de decir que a “Trafico” sólo le importan los conductores que vean, con gafas o sin ellas. Si dependiese de un perro-guía, es evidente que no me arriesgaría a sacarme el carnet de conducir. Y sin mis gafas puestas, ¡¡¡pues la cosa no cambia mucho!!! Porque no es lo mismo ver nítidamente una señal de STOP a lo lejos, que creer que es el ocaso del sol.

Quedaba la última prueba, supervisada ahora por la secretaria ‘tiquismiquis’. Fue mi asombro el más afectado por dicha prueba: me sentaron como delante de un ordenador en cuya pantalla se veían las letras sospechosamente pixeladas. ¿Me querían examinar con maquinaria de los 80 o era una ensoñación friki de las mías? La tipa pretendía que girase unos mandos con cada mano. No quería más que rogarle indicaciones más exactas, pero mi atención tuve que centrarla en descifrar qué es lo que se estaba poniendo en funcionamiento. Acerté en que debía manejar unas rayas en la pantalla sin que se saliesen de la franja (que simularía una carretera). Llegan las curvas, pero… ¿en sentidos diferentes? ¡Con una mano conducía a la izquierda, y con la otra a la derecha! ¡¿Qué estupidez era aquella?! ¿Qué símil tenía esto con la vida real? Encima, cuando me entregan el certificado, resulta que se trataba de un pequeño papelucho, que si no entraba en la categoría de papel higiénico, al menos sí en la de papel de arroz ¿Y se suponía que lo que llevaba en la mano, en dirección a la autoescuela, valía 40€? A mí que no me cuenten…

Por suerte, en la autoescuela sólo me pidieron que una de las fotografías fuese en su versión original (esta vez entregué aquella otra antigua, con mi cara de hace dos días o similar). Pues, a ver… 79,80€ en pago a las tasas oficiales, otros 18€ para el exámen teórico, y la calderilla quedó para hacer peso en mi cartera. Salí despellejado, aunque soy conciente de que las prácticas sí son un atraco a mano armada: darse una vuelta en un coche con el profesor (que a fin de cuentas viajas con un extraño), y durante 45 minutos, sale cerca de 26€. Y eso, queridos míos, sí tiene precio.

Archivado en: Empirilidades
16 Septiembre 2008
23:33
Comentarios :
 

2 Comentarios para este post

 
laura dijo:

ayyyy alberto, solo espero que te saques bien el carnet, y si te quejas de lo que te sale el teórico, agarrate que vienen curvas con el práctico jejejeje

que seas que em estreno en tu pagina

 
 
David dijo:

ke raro tu kejándote, pos no te keda ná. Todos sabemos ke todo lo ke signifike gastarse mas de 10€ en el don comelón es 1 verdadero suplicio, pero asi es la vida si kieres carné tienes ke dejarte la piel.

 

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