REPORTAJE FOTOGRÁFICO. La playa de La Laja
‘Agosto’ y ‘playa’ son prácticamente sinónimos. Y ahora que estamos a mitad de mes, cuando más repantingados estamos en nuestras vacaciones (para quien las tenga), lo ideal sería acercar virtualmente la costa veraniega al blog, no sea que luego éste coja envidia y se me queje. Mmm… olvidad esta enajenación mental transitoria. ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Pues como Las Palmas de Gran Canaria no ha disfrutado en este uno de sus mejores veranos, ya que la ‘panza de burro’ que cubre el cielo se ha prolongado más de lo imaginable, mi cámara y yo hemos tenido que cruzar prácticamente la frontera municipal para poder ver al menos un rayo de sol (oh, oh, me trajo tu amor, oh, oh). Hablo, y más concretamente, de la playa de La Laja, situada a la salida o entrada (según se pase) de la capital grancanaria, y que colinda con el municipio vecino de Telde.
El viaje comienza desde este punto, en dirección sur. Tenía que pararme precisamente aquí para captar también lo que queda de la fábrica de Aguas San Roque. ¿Alguien se acuerda de aquella etiqueta, con la pareja de canarios que lucía un traje pixeladamente típico? ¡Qué añoraza!
Cruzamos y nos ponemos debajo del puente, desde donde se ve la entrada a la zona. Se inicia aquí un paseo marítimo (no tan bien comunicada con la avenida capitalina), desde donde se puede ver en primer término un área rocosa.
Hasta aquí acceden algunos para hacer submarinismo, pescar, surfear, celebrar alguna fiesta clandestina o simplemente tomar el sol (alguna que otra en top-less, ¿sin darse cuenta de todos los bloques de viviendas y el carrefour que tiene justo enfrente? ¡Depravada!).
Avanzando por el paseo marítimo, nos topamos con un nuevo puente que facilita la cosa a los vecinos. Por esta parte también es usual que la gente saque sus cañas de pescar. Si regañamos un poco los ojos, hasta podemos ver a uno de ellos entre las rocas…
Pasamos el puente y ya vemos la playa en cuestión. No me refiero precisamente a la que aparece en primer lugar. Es como una orilla de piedras, que no suele ser frecuentada. Algo más de visitantes recibe la parte rocosa, especialmente de domingueros. Pero adentrémonos ahora en aquella parte más frondosa…
Es aquí, antes de proseguir, donde mi bicilceta y yo nos tomamos un descanso y ver así algo de paisaje. Es como una pequeña plaza (más bien apartadero) desde la que se ve, por el lado izquierdo, todo lo que hemos dejado a nuestro paso:
… Y, por el lado derecho, queda la playa de La Laja en toda su magnitud. Es impropio de la arena de la isla pero sí, es de color negra. Además, por la tarde siempre viene a dar la sombra de las altas montañas a la playa que mide, pongamos unos 800 metros.
No es que la playa suela estar muy concurrida (está demasiada perdida y los accesos en coche son difíciles). Pero están los que son, fundamentalmente jóvenes que van a hacer surf, a jugar a las “palas”, al fútbol, a enrollarse con sus pibitas o, simplemente, a pasar un buen rato viendo el mar o a pasear con el yorkshire:
La playa es de sobra conocida por todos. Es un lugar de paso obligatorio para los que quieren entrar a la ciudad, sobre todo antes de la habilitación de la nueva circunvalación que conecta con el sur de la isla. En aquellos tiempos había una gasolinera Mobil, que aún no entiendo como sigue en pié (a mano derecha, señores). Encima de la montaña iba a establecerse el fallido proyecto del Parque Tívoli (hasta habían instalado la noria y todo). La playa no cuenta con ningún servicio. Al fondo podemos apreciar lo que creo que era un puesto de socorro, por si se preguntan. Hace unos años sí que estaba mucho más abandonada. Por lo menos la han mejorado con tramos de valla, papeleras y carteles de advertencia. Subamos mejor a la zona de aparcamientos, allá en lo alto de la montaña…
En el extremo más profundo, donde no hay más por donde echar a andar, esto es lo que nos encontraremos. Quizás a partir de alguna foto hacia atrás se han estado preguntando qué era la torre gigantesca que se veía en lontananza. Se trata de la desaladora de aguas de Emalsa que, junto a ese valle cubierto de torretas eléctricas, hacen del panorama algo… ¿más para ver?
Decidámonos a bajar, encontrándonos por el camino algún mirador. En cualquiera podemos ver vistas hacia parte de la ciudad, y la Isleta en la lejanía:
Por este lado podemos ver también la parte trasera del dique, construido en 1994 para disminuir el impacto del gran oleaje en la orilla, característico de la playa. Y no es para menos, porque la bandera roja sigue arribada permanentemente debido a la peligrosa corriente. Mientras, las gaviotas flotan a gusto en la bajamar.
No podemos obviar en esta excursión la Torre del Viento. ¿A que no pega con el entorno? No, no fue aquella torre medieval desde donde se avistaron a los corsarios berberiscos (más bien porque no tuvimos medievo). Esta construcción pertenece a una vieja casa que demolieron durante las obras de la autovía y que fue objeto de misericordia.
Miremos el lado bueno de la playa pues, quizás por todas las desventajas que tiene, se ha convertido en un lugar idoneo si se busca algo de tranquilidad. Orilla hay, eso desde luego, donde por lo menos refrescarse los pies y excarvar a ver si encontramos una moneda de 500 pesetas…
Finalizamos nuestro recorrido, en la foto de la parte más inferior, por donde lo empezamos: cerca de ese puente que en sus mejores momentos tenía colgado un luminoso que daba la bienvenida a la ciudad. Siempre nos quedará asomarnos y ver las maravillas de esa costa como aperitivo de lo que en Las Palmas de Gran Canaria espera.














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