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‘Los Serrano’ o cómo destruir una serie en 4 minutos

No me queda otra que saltarme mi período de silencio ‘blogueril’ si quiero escupir aquí el revoltijo que anoche se me creó en el estómago, una vez que Los Serrano dijo “hasta siempre” antes del copyright. Para quien no le suene a qué serie me estoy refiriendo, que parecería mentira (tan verdad como que tiene que haber de todo en este mundo), se trata de uno de los productos televisivos con más éxito en la televisión española. Comenzó a emitirse en 2003, cuando el panorama de las series nacionales no era muy alentador (y mucho menos ahora, que hay nuevos canales que les ha rebajado la audiencia). La clave residía en su esfuerzo argumental: lucha de sexos, a nivel de edades e intelecto, en una misma casa. Ahora, de ahí a que todas esas historias forjadas en cinco años hayan sido el sueño del protagonista, quien intentó tirarse por un puente y terminó por levantarse y desayunar con sus hijos de 13 años con cuerpos de 18, es como para prenderle fuego a la casa de quién se le ocurrió tamaño final, y grabarlo encima del vídeo de la comunión de sus hijos.

LOS SERRANO / Hijos de 13 años en cuerpos de 18

Por ley de vida y fastidio de los guionistas, toda serie se agota. Pero también es cierto que cuando sigue habiendo tirón, hay mandato superior de exprimir todas las posibilidades para prolongarla. Lo malo es que esas posibilidades sean retorcidas o poco creíbles, y pisotee el buen sabor de boca que estaba dejando. Es el caso de Los Serrano, que en sus últimas temporadas recurría a tramas que perdían el interés en el espectador, especialmente cuando la tensión sexual entre Marcos y Eva ya se había resuelto. Así, la audiencia disminuía progresivamente. Y antes de pegarse el batacazo y dejar morir ese grato recuerdo, la mejor solución es darle un final.

Hay que reconocer que a una serie convertida en un mito no se le puede dar un final cualquiera, ni sobrio, ni típico, ni que deje al espectador indiferente. Echaremos la culpa de la atrocidad resultante, entonces, a todas estas premisas. Pongámonos en la piel del guionista: sabe que el fiel seguidor de la serie prefería la etapa en la que aún vivía el personaje de Belén Rueda (porque lo de Jaidy Michel era una auténtica intromisión, sí o sí), y que la historia actual estaba llendo por un camino que hacía complicado darle un desenlace de perdices y serpentinas. A la vez, procuraría que fuese un final que dejase resonancia, tan acostumbrados a que la muerte de Lucía y las cada vez mayores intervenciones de Fran Perea saliesen incluso en portadas de periódicos.

Se le ocurre de repente una idea arriesgada que reúne esas condiciones, pero que es consciente de que encontrará a quienes no les guste nada (pero nada, NADA). “En una ficción tan larga con unos fans tan fieles cualquier final iba a ser frustrante”, explica Begoña Álvarez, productora ejecutiva y una de las directoras de la serie. “Queríamos terminar con la foto de familia con la que arrancamos. Habrá a quien le haya gustado y a quien no. Fue una decisión muy debatida y elegimos regalar a nuestros espectadores fieles esa imagen de la familia que les enganchó”. De todas formas, el fin último es llegar a emocionar al espectador, para bien o para mal. Así es que, venga, a devolver a Diego a aquella familia que tanto nos gustó en su momento.

LOS SERRANO / De vuelta al principio

Permítenme que regrese a mi cuerpo, y vuelva a ser espectador para darel otro punto de vista: la verdad es que es una putada lo que nos han hecho. Hacer que Diego se despierte la noche posterior al día de su boda con Lucía, o sea, volver al primer capítulo de los 147 que componen la serie, hace sentir como si todas las tramas hayan perdido su sentido. Volver a ver cualquier capítulo anterior después de esto, es como consumir una mentira. El romance de sus hijos, el nacimiento de sus sobrinos, la desavatares del colegio, esos grandes momentos en la taberna; pero también las múltiples rupturas sentimentales, las puestas de cuernos, los suspensos, las muertes… En los cuatro minutos que dura el final sorpredente (que no es tan original, sino un método clásico), desde que Diego se despierta hasta que desayuna, impertérrito, como la propia audiencia, se ha desplomado todo esas idas y venidas, que hemos seguidos expectantes cada temporada. Es rizar el rizo, ficción (lo que creíamos real) dentro la de ficción.

Aparte de esto, si se trata del sueño de Diego, ¿qué hace soñando cómo folla la Choni con el que vende pollos? Bueno, ella, y medio reparto… Menos creíble fue ver vestidos a los que entonces eran niños (Guille, Teté y Curro) como tales, con ese pijama tan infantil que soportase una gran estatura, las coletas, o incluso ciertos gestos que cualquiera pensaría que son retrasados. Vamos, no ha sido un final con fundamento, y ha supuesto una salida facilona para el guionista. Pero la meta está conseguida, el efecto. Ahora sí que costará más olvidarnos de la serie.

Archivado en: Cajón desastre
18 Julio 2008
20:41
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