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Adiós a la cultura de verano

Para muchos ciudadanos, el final del verano está a las puertas (si no se les ha caído encima ya). Aquellos que se han quedado en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria han tenido la oportunidad de dejarse caer por algunas de las ofertas culturales que ha organizado el Ayuntamiento. El gabinete comandado por García Bolta (la Concejala de Cultura, Turismo y Carnaval) tuvo ese gesto amable con los contribuyentes, inundando los meses de julio y agosto con un curtido calendario de representaciones artísticas y otras actividades de ocio. Fíjese bien en esa inquietud por sacarnos de casa, donde me juego el pescuezo a que más de uno no tenía más plan que el de soportar el fritango televisivo de la temporada calurosa. Saliendo más allá del portal, los actos también nos han hecho plantear otra alternativa que no fuese dar de comer al que regenta el piscolabis de siempre.

El Festival de Teatro y Danza ha llegado este año a su undécima edición con un rico y variado programa, un vaivén de interpretaciones escénicas y coreografía exultante de modernidad que no ha dejado indiferente a nadie. Al menos a mí no, y eso que soy difícil de conmover al respecto. Por ejemplo, me resultó maravillosa la función de fuego y agua con la que la compañía alemana Titanick entretuvo a los curiosos en La Puntilla, montaje que no suele ser usual a los ojos de los amantes del teatro. También debe ser aplaudible que el cartel del Festival diese cabida tanto a conjuntos de uno y otro confín, pasando por el exquisito espectáculo japonés Hibiki, por la transfusión de arte sufrida por el Pink Floyd Ballet, o por la semblanza andaluza taconeada por Sara Baras. No hay que obviar la apuesta por el producto canario, como en la adaptación de El Perro del Hortelano por 2RC Producciones. La diversidad de los escenarios han potenciado el atractivo, pues algunos días han dejado descansar a las butacas del Parque de Santa Catalina y se ha llevado parte del Festival a lugares que se escapan de la fastidiosa rutina, como la Plaza de Santa Ana, el Paseo de Las Canteras o el Parque Juan Pablo II. Y no quisiera dejar de decir que ciertos eventos han permitido la entrada libre (quisiera creer que es un guiño de los de Bolta y no porque les resultaba desproporcionado vallar espacios como La Puntilla).

La ciudad no sólo ha vivido y respirado del Festival que reclama la atención cada año. La resaca del Parque de Santa Catalina es el ciclo Cine de Verano. Otros años han mantenido las gradas y las sillas de plástico para mantener vivo el trasiego de gente, esta vez atenta a la pantalla de cine. Sin embargo, esta vez el personal no se ha ido de vacaciones y ha desmontado el escenario al aire libre, privándonos del auténtico espírutu de un acto así. Que quede claro que la excusa oficial es la preocupación por que los ciudadanos no nos mojemos bajo esas borrascas, que encima se alajaban pronto, refrescaban la noche sofocante.

No abandono este repaso por la oferta cultural, ya a punto de caducar, sin nombrar a las clásicas biblioplayas aparcadas en Las Canteras, en especial a aquella caseta, con pinta de chiringuito clandestino, que mira de frente a la Plaza de Saulo Torón. En fin, que el que no ha disfrutado de todo esto es porque no ha querido.

Archivado en: Las cosas de la vida
12 Septiembre 2006
23:26
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