Ya nada es igual después de los 23
La moda que se está imponiendo ahora es el envío a correos electrónicas de chorradas hechas por Power Point. Si ni siquiera me paro a mirar aquellos otros mensajes en cadena que venían escritos en el mismo correo, mucho menos estoy como para descargarme esas bobadas que vienen adjuntas. Pero un día estaba tan aburrido que me dio por bajarme algunas y mirarlas. Algunas tenían su gracia. Otras daban pena. Pero luego había una en especial que me llamó la atención, más que por su chiste, por su mensaje.
Se titula Después de los 30 ya nada es igual. Vienen varias diapositivas que, punto por punto, muestran cómo es la vida de un treintañero con el paso del tiempo, todo aquello que ha perdido y está perdiendo, y las diferencias con la generación posterior. Por suerte, aún estoy (relativamente) lejos de llegar a esa edad mortal de los 30. Ya dije en el anterior artículo algo como que para mí significa el fin definitivo de la juventud. Podrán decir que el Príncipe Felipe es joven. Por supuesto, lo es comparado con su suegro taxista. A partir de entonces, la responsabilidad pesará más que nunca. Incluso no se podrá decir ni hacer nada como antaño sin que vengan otros a mirarnos mal y pensando que somos “inmaduros”. Para el caso de los solteros, esa presión será infinitamente elevada al cubo: no estar casado y sin hijos levantará sospechas molestas.
Aunque me faltan muchos años para llegar a traspasar esa barrera de los 30, mi inquietud es ya lógica. Algunos de esos puntos del Power Point están hablando de mi vida actual. Claro que me río en un primer momento al leerlos. Pero poneos a reflexionar en ello fríamente. Es cierto que la gente que empieza ahora la universidad nació en 1986! Aquí, en mi residencia, hay muchos de ellos. Me los cruzo y no puedo dejar de reprimir la idea de que son chiquillos recién salidos del instituto, y que aún no han tenido la oportunidad de perder la ingenuidad, cosa que no existe en la vida de los mayores. También me alarmo al leer que muchos de los que participan en Gran Hermano y en Operación Triunfo son más jóvenes que yo. Me acuerdo que cuando empezó el primer programa en el 2000 me paraba a pensar que la concursante más joven era dos años mayor que yo. Y ahora, ¡mirad! Ya me veo a Inma y a su “grupi” llamarme ‘viejo amargado’ y preguntándome con sarcasmo corrosivo que cuándo voy a tener hijos. Lo mismo pasa con algunos dependientes de las tiendas a las que voy, que la tarjeta me la han de pasar gente con granos aún en la cara, y que detrás de mí esperan en la cola gente cuyos padres pueden que no le permitan tener una por la desconfianza que aún les tiene.
En efecto, el tiempo pasa a pasos agigantados. Vale que ser cada vez mayor tenga sus ventajas. Pero las desventajas pesan como una losa de 20 kilos. Tras mi próximo cumpleaños, por tener 24, ya me empezarán a cobrar intereses los del banco al tener la tarjeta, y los de la naviera Fred. Olsen a subirme el precio de mis pasajes.
No podemos eludir que cada año perdemos un cacho de juventud, sean los de 23, sean los de 30 años.